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ESTACIÓN DE LIBROS

'Historias de Roma', Enric González

Ampliar Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizado el 07/09/2019 a las 19:44
Los libros que leemos de cara a un viaje. No me refiero a las guías, sino a esas obras donde el autor mezcla géneros diferentes. Donde se combina la crónica con el ensayo, el artículo, el reportaje y el diario personal. Donde lo importante no son los datos objetivos del país o de la ciudad, sino el testimonio de quien visitó o vivió en esos lugares.
Para mí ya son el principio de lo que vendrá después. Esas lecturas. Ya son una parte del viaje. Es posible que más tarde no me encuentre con nada de eso, no haya una correlación entre lo leído y lo descubierto sobre el terreno, y, sin embargo, gracias a las virtudes del libro, yo ya me habré desplazado antes de salir de casa.
Es lo que consigue Enric González con 'Historias de Roma'. Logra que el lector, el futuro viajero, se interese por su propio destino de una manera más intensa. Que esté deseando ir a donde había planeado. Que note incluso una impaciencia cercana a la ansiedad. Sí, porque a medida que avanza por estas páginas, aquél teme que cualquier contratiempo le deje al margen de la fiesta, le impida disfrutar de lo previsto.
Todo proyecto literario es como vadear un río por una hilera de piedras inestables. Quien lo afronta debe saber dónde pisar. Debe descartar los guijarros endebles y elegir las rocas que no se hundan. En el caso de este tipo de libros, la selección de puntos donde apoyarse es aún más delicada. Consiste en hallar un equilibrio en la alternancia de registros. Consiste en intuir cuáles deben usarse y en qué momento debe abandonarse uno para entrar en el siguiente. Saber, por ejemplo, cuándo se ha agotado en un capítulo la referencia histórica y debe pasarse a una reflexión personal. Cuándo no da más de sí la anécdota con la que se ilustra un episodio y debe volverse al asunto de fondo.
Enric también acierta en eso. A partir de su retrato de la Roma contemporánea, la que vivió él como periodista, va desviándose en su libro en distintas direcciones. Nos lleva hacia otras épocas de la ciudad. Hacia hechos felices o sangrientos que han determinado su perfil, su importancia y la forma de ser de sus habitantes. Nos habla de personajes célebres. De papas, políticos, actores o futbolistas cuyo nombre está asociado a ella, pero también de colegas o amigos que conoció allí, con los que compartió momentos especiales o gracias a los cuales descubrió sitios a los que no habría llegado en otras circunstancias. Y de vez en cuando, de una manera oportuna, el autor levanta la vista por encima de las colinas para recordarnos que Roma es la capital de Italia, con todo lo que eso supone.
Hay un recorrido en muchos sentidos. El corresponsal nos propone varios itinerarios por la ciudad. Seguramente algunos lugares visitados de ese modo coinciden con los que nos recomendarían otras personas y, sin embargo, Enric siempre aporta un motivo privado. Algo que vio. Algo que le ocurrió. Algo que oyó de alguien que estuvo allí. Y es entonces, en el instante en que el cronista se remite a una razón personal, cuando el sitio alcanza su pequeña grandeza, se vuelve atractivo para nosotros.
A eso me refería más arriba con los recorridos. A que, más allá del paseo urbano que nos ofrece, el libro recorre siglos y acontecimientos, batallas y sucesos, amores y escándalos que ya no lo son. Oh, no pretende profundizar en nada. No se trata de eso. El autor se conforma con situarnos un poco. Le basta con despertar nuestra curiosidad hacia un conglomerado humano, hacia un conjunto agitado de seres, cosas y destinos que existe desde hace varios milenios y que continuará ahí cuando nosotros ya no estemos.
Sí, Enric nos da una idea aproximada de todo eso, pero lo bueno es que siempre se detiene en lo esencial. Termina en lo importante. Siempre hay un momento en que regresa a lo subjetivo. A lo que tiene que ver con él. Con su estancia en Roma. A su opinión sobre ella o sobre algo relacionado con ella. Nos calma con un último quiebro íntimo. Con una especie de revelación. Entonces yo ya no necesito seguir leyendo. Entonces dejo el libro y emprendo un viaje diferente.

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