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ESTACIÓN DE LIBROS

Palabra dada, Ida Vitale

Ampliar Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Publicado el 01/09/2019 a las 08:49
Cada lector tiene su estación poética. Unos meses, semanas o días del año en que se nota a sí mismo más sensible hacia lo lírico. Más necesitado de poemas. Es verdad que el asunto tiene que ver con las circunstancias, con un momento especial, con un hecho adverso o feliz que reclama una expresión estética y, sin embargo, la época es también un factor.
La mía es ahora. El final del verano y el principio del otoño. Es entonces cuando más recurro a este género. Cuando más leo poesía. Oh, claro, no me sirve cualquiera. Siempre tengo cerca a una serie de autores cuya obra ya me ha calmado otras veces. Ya me ha conmovido antes. Así que regreso a ella, a ellos, al lugar de emoción que han creado a base de lenguaje, y me instalo allí durante un tiempo.
Ida Vitale. He ahí un ejemplo. Yo podría escribir aquí sobre una de sus Antologías, pero prefiero hacerlo sobre un libro en concreto. Sí, porque todo autor va cambiando a lo largo de la vida. Tanto el poeta como el narrador. Se usan métricas diversas. Se prueban distintas longitudes de frase. Se buscan sonidos diferentes. Por otra parte, cada obra está adscrita a unos años y a un sitio determinados, es producto de unos parámetros que, en muchos casos, no vuelven a repetirse.
Palabra dada. Un poema en cada página. Parece una tontería y, sin embargo, qué cómodo el hecho de que sea así. Qué ventaja para la escritora y para nosotros. Gracias a eso, a la contención procurada desde el principio, vamos a poder recorrer los versos arriba y abajo, abarcarlos de un vistazo. Gracias a eso, no nos importará permanecer en cada hoja mucho rato. Volver a ella una y otra vez. Será ese criterio pedestre, casi frívolo, el que nos permitirá acceder a lo profundo.
¿Y después? Ah, después llega lo demás. Lluvia de primavera, Día acabado, Impaciencia, Estar solo, Encuentro y pérdida, Sobrevida o Aniversario. Se advierte enseguida la necesidad de Vitale. Sus ganas de comunicarnos algo. Quizá sea ése uno de los denominadores comunes. Una de las constantes de estos textos. Así como algunos autores cuentan historias en sus poemas, sin que la suya se convierta en poesía épica, hay otros que prefieren decir. Vitale dice.
Y lo hace con un estilo sencillo. Con versos cortos y suficientes. De una tirada. De una sola vez. Ni siquiera le hace falta dividir la estructura en estrofas. No. ¿Para qué? Ida llega con el poema entero. Con el texto memorizado. Como un niño con su lección aprendida. Viene de lo vivido o de lo contemplado lejos de nosotros y, sin estar sometida a la servidumbre del relato, nos habla de algo que tiene que ver con eso.
Es verdad que dice y, sin embargo, también pregunta, también inquiere, también pide. Lo curioso es que en las cuestiones planteadas hay más certezas que dudas. Son falsas interrogaciones. Son más bien un modo humilde de compartir lo observado, lo concluido, lo sabido. Y si sus preguntas son una especie de respuesta personal fruto de la experiencia, sus peticiones tienen algo de oración. Son su forma de rezar. Son una plegaria sin sumisión, sin exceso de devoción. Dirigida a fuerzas paganas. Reclaman con insolencia porque exigen lo imprescindible para seguir.
Yo veo en estos poemas el otro lado del día. Me gustan por eso. Porque se nota que son un intento de la autora por vivir lo cotidiano de otra manera. Ella quiere sacar a la luz el temblor de las cosas. El diálogo que mantienen entre sí cuando nosotros estamos distraídos. Cuando miramos hacia otro sitio. Lo que deja la jornada cuando se acaba.
Todavía me quedan por delante varias semanas líricas. Espero aprovecharlas todo lo posible. Oh, no me refiero sólo a leer o a escribir, sino a permanecer alerta. A estar atento. A desconfiar de los individuos y de los objetos. A ser suspicaz con ellos. A sospechar de la inocencia del sol, de la luna, de los pájaros, de los árboles, de las piedras y de las estrellas. Sí, ésta es una estación dura. Ser poético no es nada fácil. Uno oye voces por todas partes.

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