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ESTACIÓN DE LIBROS

'Mientras agonizo', William Faulkner

Ampliar Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizado el 25/08/2019 a las 06:00
Hoy ya no nos sorprende tanto, pero hubo un tiempo en que fue una novedad, una pequeña revolución dentro de la literatura, contar las historias desde distintos puntos de vista. Desde la perspectiva de varios personajes implicados en ellas. Las novelas escritas hasta ese momento habían acostumbrado al lector a encontrarse con un narrador todopoderoso, con alguien que, no siendo el autor, se le parecía mucho, pues disponía de toda la información y además no participaba en los hechos. Entonces, de repente, se abrió ese camino alternativo. De pronto, los protagonistas tomaron la palabra, fueron cediéndosela unos a otros, y de ese modo nos dieron su versión de las cosas en primera persona.
He aquí un ejemplo de esa estrategia narrativa. En este libro de Faulkner, los miembros de una familia del Sur y algunos de sus allegados relatan lo que ocurre durante los días en que llevan el cuerpo sin vida de la madre, Addie Bundren, a Jefferson, donde va a ser enterrada. Cash, Darl, Jewel, Anse, Dewey Dell, Vardaman, Tull, Cora y otras figuras secundarias van contando lo que sucede tal como lo ven, tal como lo entienden. Y dado que les determina su carácter y les gobiernan sus ambiciones y sus miserias, sus instintos y sus impulsos, se fijan sólo en lo que les interesa, centran su narración en aquello que les afecta.
No se trata de distinguir sus voces. Su forma de expresarse. Eso es lo de menos. Es cierto que unos blasfeman en cada frase y que otros tartamudean o repiten las palabras una y otra vez y, sin embargo, lo esencial reside en lo que sienten. En lo que anhelan. En lo que pretenden. En lo que se proponen conseguir. Es todo ese universo de pasiones y mezquindades lo que va a apreciar el lector detrás de cada uno, más allá del nombre y del lenguaje de cada uno.
Hay una especie de travelling. Me refiero al proceso que discurre entre las últimas horas de Addie y el instante en que por fin la dejan descansar en la ciudad donde nació. Hay un recorrido panorámico que pasa por la construcción de su ataúd, por las expectativas de su marido y de sus hijos, por su muerte, por el traslado de su cadáver en pleno verano, por ese periplo lleno de contratiempos y adversidades. Y si esos episodios son el primer plano del desplazamiento transversal, el paisaje de fondo, tan importante como aquél, lo forma el efecto que ese viaje a Jefferson de la carreta y el tiro de mulas va creando en los lugares y en la gente, el impacto que va provocando por el camino.
Porque, de algún modo, ese cuerpo en descomposición, maltratado por los elementos y perseguido por los buitres, es también el de quienes lo conducen. Y el de todas las personas que lo ven pasar. Y el del entorno social por el que transita. Es el alma obtusa de todos ellos. Por eso nadie soporta el olor. No aguantan el tufo natural del cadáver de la señora Bundren en su procesión por la comarca, pero tampoco el que emana de los hombres y las mujeres que la rodearon en vida, el que escapa sin remedio de sus espíritus corrompidos.
En cierta manera, podría decirse que la carreta de los Bundren viene de algún sitio. Oh, claro, viene de su granja en el condado de Yoknapatawpha, el espacio ficticio de Faulkner, pero también procede del pasado de la familia. De los acontecimientos de entonces. De lo que ocurrió, de lo que no ocurrió y de lo que debería haber sucedido. Algunos de esos hechos se cuentan explícitamente en el libro. Otros se leen entre líneas. Por último, hay cosas que sospechamos, que casi tememos, pero que no necesitamos saber, que preferimos no saber.
Quizá las buenas novelas sean eso. A lo mejor son los restos de algo. De algo que hubo. Seguramente son los fragmentos que quedan después de una explosión. Del choque de unas vidas contra otras. Son el discurso entrecortado, el balbuceo de un puñado de seres humanos que han visto o experimentado lo extraño y lo terrible, lo singular y lo miserable, y que no pueden contarlo del todo.

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