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ESTACIÓN DE LIBROS

Thérèse e Isabelle, Violette Leduc

Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizada 18/08/2019 a las 06:00

Hace calor, de modo que voy a seguir tumbado en la hierba. El día es largo. No hay prisa. Al fondo del valle se ven unas nubes, el principio de un cambio de tiempo, pero aún tardará en ocurrir. Mientras tanto, me agarro a lo único que tengo ahora. Esta tarde de agosto. Aquí, entre los árboles. Lejos del resto de cosas. Lejos del resto de personas. Sujeto el libro en mis manos.

Todavía quedan algunos que bastan. Pequeños volúmenes que pueden leerse en unas horas. No sólo por su extensión, sino porque uno es incapaz de soltarlos hasta que terminan. Historias que uno se lleva consigo a un rincón solitario, a un sitio tranquilo, sabiendo que durante la lectura no echará de menos nada más.

Me sucede con esta novela breve. Me meto en ella y me desentiendo de lo otro. De lo que me rodea o me preocupa. De lo que me inquieta u obsesiona. De lo que me interesa o ilusiona. Claro, no es algo para siempre. Es una sensación que acabará antes del anochecer y que, sin embargo, será eterna mientras dure. Mientras vivan para mí Thérèse e Isabelle. Mientras continúen ahí. El rato infinito en que se amen.

Es un relato contado en primera persona por Thérèse. Ésta se remonta a sus años de internado, a su adolescencia en algún lugar de Francia, para narrar cómo descubrió el sexo y el amor. Todo a la vez. Todo en el margen de unas pocas semanas. Describe la rutina del colegio, la dinámica de instrucción y lecciones, de paseos y castigos, aquel universo de orfandad. Contrapone las servidumbres del día, las órdenes de las supervisoras, al mundo libre de la noche. Prepara el terreno para que los hechos desemboquen en la única salida posible, en el único alivio en medio de la nada. Se olvida de lo que pudo haber antes, se calla lo que carece de valor, tiene suficiente con el encuentro entre Thérèse e Isabelle.

Y es que, ¿acaso importa lo demás? No en los confines del libro. No en el transcurso de esta historia. Es verdad que hay un contexto. Un espacio compartido. Un entorno de seres y objetos. De circunstancias y obligaciones. El perfil más o menos dibujado de una jornada. El eco lejano de los afanes de otros. De sus deseos y esperanzas. En definitiva, el ruido que hace la gente cuando vive. Y, sin embargo, ¡qué poco afecta todo eso a las dos protagonistas!

Para ellas, todo empieza y todo acaba en sus citas nocturnas. Todo nace y todo muere entonces. No es una forma de hablar. No pierdo el tiempo con metáforas. Las suyas, las noches en que están juntas, son horas diferentes. Pasan de otra manera. Aisladas del resto de criaturas, metidas en su cubículo separado por cortinas, respiran un aire distinto. Habitan un planeta para dos.

Pero..., ¡un momento! No tan deprisa. Lo anterior ha servido para algo. Todo lo que ocurre hasta esos ratos. Oh, claro que sí. A lo largo del día, las jóvenes se miran y se persiguen. Se observan y se rozan. Se odian con intensidad para poder amarse más tarde. Y quizá por eso, por esa energía acumulada, por esas ganas de venganza, su encuentro posterior es doloroso. Cada vez que se abrazan, cada vez que se acuestan, es daño lo primero que notan. Es una herida que va curándose poco a poco. Luego sí. Luego se dejan llevar. Y aunque intentan decir cosas en voz baja, les sale un lenguaje extraño. Lleno de incorrecciones. Con frases a medias. Con palabras que no se comprenden. Las alcanza un instante de perplejidad. Porque no hay idioma para tanto alboroto de los sentidos.

Han llegado las nubes. Ahora el viento sopla como en las mañanas de marzo. Mece las ramas de los fresnos y arranca las hojas más débiles. Ya me puedo levantar. Ya me puedo ir. Ya puedo volver. ¿Dónde estarán Thérèse e Isabelle? He ahí la cuestión. He ahí el misterio. El único enigma en el que merece la pena indagar. El destino de los personajes más allá del libro. Yo no me fío. Yo, por si acaso, busco su huella entre los árboles. El rastro de su cuerpo en la hierba. No pueden haber ido muy lejos. Nadie desaparece del todo después de haber existido así.

 

 


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