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ESTACIÓN DE LIBROS

La melancolía de las obras tardías, Béla Hamvas

Las críticas literarias continúan en verano.

Ignacio Lloret

Ignacio Lloret

DN
04/08/2019 a las 06:00
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Los libros de verano. Los que se leen durante las vacaciones. Oh, no me refiero a esas novelas con las que la gente se distrae en los largos periodos de ocio. Pienso en las obras de varios géneros. Ésas donde los registros se mezclan más allá de sus límites habituales y que nos estimulan hasta el punto de sugerirnos ideas para el tiempo que venga.

En mí, cumplen muchas finalidades. Me sirven para ver las cosas de otra forma. Lo concreto y lo abstracto. Me sirven para entender mejor la vida. Para evitar la ansiedad. Para sentir compasión por mí y por el resto de seres humanos. Y lo curioso, lo paradójico, es que todo ese contenido, el conjunto de verdades esenciales, sólo funciona porque está escrito. Sólo me afecta cuando lo leo.

Ocurre con La melancolía de las obras tardías. Con esta recopilación de textos del autor húngaro. Sucede que un amigo con olfato para los libros de calidad me regala el de Béla Hamvas y yo me quedo estancado en sus páginas. Felizmente estancado. Oh, no me refiero a esa excitación efímera que provoca cierta clase de ficción, ese chisporroteo que no enciende ninguna llama en nosotros, sino a una sensación diferente.

Son ensayos de diversa extensión. Publicados en épocas y volúmenes distintos. En ellos, Hamvas escribe sobre música clásica, sobre arte, sobre filosofía, sobre mitología, sobre los árboles, sobre los frutos del bosque, sobre la manera de recolectar cerezas. Trata asuntos que, en principio, no presentan vínculo entre sí y que, sin embargo, acaban relacionándose en la cabeza del lector gracias al lenguaje. Gracias al punto de vista del autor. Gracias al modo de observar la belleza del mundo que le rodea.

En cierto sentido, es lo que queda cuando ya se han contado las historias. Cuando ha terminado el relato. Cualquier relato. Es lo que hay al otro lado de las pasiones y los destinos. De los personajes y sus tribulaciones. Me refiero a esta serie de reflexiones. Y lo que queda es un momento de inspiración, un instante de lucidez en que el narrador se acerca a la Naturaleza o a la obra de otros hombres con la suficiente delicadeza como para mostrarnos sus virtudes.

También hay un proceso de aprendizaje. El del individuo Béla Hamvas. Una evolución como persona. Pequeñas transformaciones que experimenta por el camino. En el trayecto hacia su alma. Él nos describe lo que ha aprendido escuchando el canto del ruiseñor, contemplando la silueta enorme de un pino, practicando varios días de ayuno. Analiza con detenimiento lo que pintaron o compusieron algunos artistas al final de su vida y le atribuye un significado especial. Advierte un aire de despedida en sus últimas creaciones. Admira ese modo melancólico de marcharse.

Se nota que le han ocurrido muchas cosas. Al autor de este libro. Que ha conocido guerras, persecuciones, confinamientos, destierros, estrecheces, marginación y prohibiciones. Podría decirse que ésos son los hechos, los avatares ocultos de su historia, la trama narrativa que se lee entre líneas. Podría decirse que, cubierta la parte argumental con los sucesos de su propia biografía, Hamvas ya no necesita inventar nada. No le hace falta recurrir a la imaginación. Claro que tampoco le urge dar vueltas a lo vivido en clave testimonial. Lo que él pretende es precisamente todo esto. Lo que leemos aquí. Dejar atrás sus peripecias, olvidar todos los agravios, procurarse a sí mismo y a los demás una forma de paz cediendo el protagonismo a los pájaros, a los árboles y a los frutos.

Quizá por eso le echo de menos. Sí, al autor. Así como en otras ocasiones añoro a los personajes de una novela cuando se acaba, ahora me da pena que aquél ya no esté. Que haya muerto hace mucho tiempo. Que ya no vuelva a escribir. Miro una y otra vez su foto en la solapa del libro, su aspecto de hombre corriente, y me gustaría parecerme a él. Oh, no me refiero a su fisonomía. Querría tener un espíritu sensible como el suyo. Trascender mi vertiente miserable y alcanzar esa libertad sencilla que él conseguía subiéndose al cerezo.

Gracias por el regalo, señor Lorán.

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