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ESTACIÓN DE LIBROS

Fiesta, Ernest Hemingway

Ampliar Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizado el 07/07/2019 a las 06:00
Los libros que se acomodan a una fecha concreta. Que se leen de nuevo para recordarla. No me importa que a veces sea ése el criterio. Que sea ése el pretexto. Veo un título, un volumen viejo en la estantería, y lo saco porque lo relaciono naturalmente con un acontecimiento, con un suceso, con un día especial que se acerca.
¿Y entonces? Oh, entonces no pasa nada. Ya he escrito en otras ocasiones lo que supone reencontrarse con antiguas lecturas. Con obras que uno descubrió en la juventud y que luego ha releído de otra manera. Ahora quiero añadir algo al respecto. Quiero referirme a esos casos en que una novela envejece en parte, como esos árboles en los que la mitad de las ramas se ha quedado sin vida.
Ocurre aquí. En el primer libro publicado por Hemingway. En esta historia de jóvenes norteamericanos que se divierten en la Europa de los años veinte. El autor nos invita a su fiesta. Nos lleva al París donde vivía, a la Navarra donde había estado, a los Sanfermines que había disfrutado, a los lugares donde seguía siendo feliz. Se mueve y nos guía a sus anchas por países atrasados como el nuestro o aturdidos por la guerra como Francia. Y lo curioso es que, aunque el suyo parezca un gran mundo, es en realidad un universo pequeño. Sí, porque está formado por gente igual que él. Por individuos de un origen y una experiencia similares. Lo habitan personas con la misma educación, los mismos prejuicios, el mismo sentido del humor. Aunque tengan nombres distintos y a menudo consuman bebidas diferentes, todos provienen de un único entorno privilegiado, representan en definitiva un único tipo de sensibilidad.
He ahí una parte de la explicación. La idea de fondo tiene que ver con muchos ejemplos de opera prima. Claro. El joven escritor se estrena con aquello que conoce bien. Con aquellos a quienes ha tratado hasta el momento. Y si todo eso, a pesar del espejismo de riqueza que pueden crear los viajes, las borracheras, las vivencias intensas, resulta ser una especie de celebración privada, de cóctel de club de campo, si todos los personajes son ciudadanos respetables con una credencial colgando del cuello, el panorama final acaba siendo muy pobre. Se restringe el espectro de figuras, de caracteres y de empatías.
Sí, ha pasado mucho tiempo. Las cosas se han complicado mucho desde entonces. Hemingway no tiene la culpa. La literatura tampoco. La literatura no tiene la culpa de ser excluyente. Lo es tanto como una cena en el Círculo Ecuestre. La literatura no puede evitar salvar para el porvenir sólo aquellas obras con vocación de universalidad. Aquellas cuyos protagonistas pueden ser hombres y mujeres de hoy, pero que a la vez podrían ser hombres y mujeres de hace mil años, hombres y mujeres de dentro de un milenio. Ah, y bajo esa premisa, las primeras criaturas del autor estadounidense, esos machos occidentales cuya duda más profunda se plantea entre pedir un gin tonic o un Jack Rose, que lloran en los bares porque no encuentran un sentido a sus vidas, encarnan valores que han muerto hace mucho. Cultivan aficiones que ya no se entienden. Admiran a mitos que ya no existen.
No debo ser injusto. No voy a serlo. Me refiero a este libro. Y es que en él ya asoma la capacidad narrativa de su autor. Su destreza para despertar el interés del lector desde el principio. Su talento para construir un espacio, para ambientar una escena, para llenarla de seres que respiran y que hablan. Y más allá de esos momentos, de todo ese griterío tan bien reproducido de las terrazas, de los locales, de las avenidas, de los bulevares, está también el otro Hemingway. El de fuera de la ciudad. El de las descripciones sencillas y eficaces. Aquel a quien bastaba haber pasado por un sitio, haberlo contemplado en la distancia, para dibujarlo después igual que Baroja, con trazos bellos y suficientes.
En cuanto a la fecha, ésa a la que he aludido antes, es, por supuesto, el 7 de julio. He escogido Fiesta por el día de hoy. Ya he comentado que es un motivo como cualquier otro, una excusa más para continuar leyendo. Quizá una manera distinta de festejar. De reivindicar otras formas de celebración. Pobres toros y, como decía un personaje de Graham Greene, "pobres todos nosotros si lo pensamos bien".

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