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OPINIÓN

'Una desolación', Yasmina Reza

Avatar del undefinedIgnacio Lloret22/06/2019
Me gusta refugiarme en los libros cortos. En los que no tienen más de 150 páginas. Sé que ahora se ha puesto de moda defenderlos, ponderarlos, pero yo hace muchos años que los aprecio. Que los busco y que los leo. Siempre he intuido algo sospechoso en los mamotretos. En esos volúmenes que pesan y ocupan. En esos tomos que, sean novelas o no, revelan una incontinencia absurda del autor.
No es el criterio principal. Claro que no. Porque, además, en la otra mitad de mis lecturas, en el universo del 'E-book', a menudo no llego a averiguar la extensión exacta de una obra. Y, sin embargo, es una referencia importante. Si el dilema se plantea entre dos títulos del mismo género, escojo el más breve. Me lo llevo sabiendo por experiencia que, cuanto más esfuerzo se invierte en la escritura de un libro, más delgado es.
Esta novela de Yasmina Reza es un ejemplo de todo eso. Una prueba de que en el ámbito de la narrativa bastan 50.000 palabras para decir algo relevante. Para contar algo que valga la pena. Con ellas, la autora francesa de origen judío construye un monólogo de un hombre mayor dirigido a su hijo. En la parte final de su vida, aquél conversa con éste en la distancia. Le habla sin esperar ninguna respuesta. Le describe a su nueva mujer, su preferencia por ciertos compositores y el esplendor de su jardín. Le cuenta cosas de sus amigos, de sus amantes, de otros familiares y de personas que trabajan para él. Le pregunta por el objeto de sus viajes. Por la elección de destinos exóticos. Por el motivo de su alejamiento.
He ahí una manera de entenderse. Una estrategia para lograrlo. El protagonista recurre al soliloquio para narrar episodios vividos, pero también para comprenderlos del todo. Traza una retrospectiva de una serie de escenas, de acciones, de días pasados, con el fin de exponerlos ante su hijo y ante sí mismo. Su edad y la cercanía de la muerte le permiten una sinceridad que quizá resulte escandalosa o innecesaria cuando se intenta antes de tiempo. A esas alturas, en cambio, él la exhibe y alardea de ella, la convierte en uno de los pocos privilegios de la vejez.
Yo he visto rasgos del diario personal. De ficción disfrazada de ese género literario. Me refiero a los pequeños fragmentos donde el personaje reflexiona. A menudo se trata de pensamientos brillantes. Conclusiones sobre el hombre y sobre el mundo, sobre el sexo y el amor, sobre lo sublime y lo miserable, a las que se llega después de muchos años. Más allá de ellas, hay un fondo de sabiduría, un conjunto de verdades a las que el protagonista no da importancia porque ya no le sirven para nada.
También he advertido un ritmo musical. He escuchado una canción. Cada varios párrafos o capítulos, el narrador vuelve a interpelar a su hijo. Emplea de nuevo el 'tú', y de ese modo va creándose una circularidad repetitiva que mece al lector. Por mucho que el relato parezca alejarse hacia otros referentes, hacia Nancy o hacia Léopold, hacia Arthur o hacia Lionel, siempre hay un instante en que regresa. Se acuerda de quién es su destinatario en origen, a quién está dedicado, y recupera esa imagen como un punto luminoso para no perderse.
Me gusta el final. Y con él no aludo a algo que ocurre o que se resuelve. No, una buena novela no necesita soluciones ni sorpresas. En esas páginas, el personaje se dirige a su amiga Geneviève para imaginar un último encuentro con el hijo. Le describe cómo sería. La conversación que tendría lugar. Las cosas que se dirían entonces. Lo peculiar es que ahora el padre no se atreve a hablarle directamente. Ahora necesita un intermediario para pedir perdón.
Igual que en algunos momentos de nuestra vida, un puñado de palabras es suficiente para expresar lo esencial en un libro. Y si en la realidad hay gestos y miradas, sonrisas y silencios que reemplazan por fortuna al lenguaje hablado, yo creo que en la literatura debe intentarse algo parecido. Dejar todos los huecos posibles entre líneas. Escribir sólo cuando no nos quede más remedio.
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