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ESTACIÓN DE LIBROS

Una cuestión personal, Kenzaburo Oe

Me gusta volver a las novelas de las que guardo un buen recuerdo: me ocurre con este libro

Ampliar Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizado el 16/06/2019 a las 06:00
Me gusta volver a las novelas de las que guardo un buen recuerdo. Aquellas cuyo descubrimiento por mi parte se remonta muchos años en el tiempo y que, sin embargo, sigo apreciando por razones literarias muy claras. No me preocupa haber olvidado algo de su argumento, hechos o personajes concretos, porque su espíritu continúa vivo en mí como una lección esencial.
Eso es lo que me lleva a releerlas. La certeza de que en sus páginas encontraré de nuevo lo valioso. La tranquilidad de saber que, al meterme otra vez en la historia, hallaré esos elementos que la hacen diferente. Que la salvan de la masa informe de la ficción popular. Sé que tarde o temprano me toparé con las virtudes de la obra, y que ese momento será como haber recuperado el camino.
Me ocurre con este libro. Me ha sucedido con él. La mejor prueba de ello es que, aunque hayan pasado más de dos décadas desde que conocí a su autor, Una cuestión personal vuelve a activar en mi caso el nivel simbólico al que me he referido aquí en otras ocasiones. Ese horizonte de ideas e interconexiones que se pone en marcha en la cabeza del lector cuando lo leído merece la pena. Cuando el relato trasciende la superficie de datos y sucesos, de avatares y destinos en la que a menudo chapotea y se estanca lo mediocre. Y lo curioso, lo relevante, es que si aquella primera vez esa dimensión superpuesta se llenó de las referencias que me importaban entonces, ahora ha sido ocupada por otras. Por las actuales. Por todos esos pensamientos y reflexiones vinculados a mi vida de hoy que surgen gracias a la historia contada. Que se hacen posibles gracias a la pericia del escritor.
Ah, pero, ¿cómo se llega a ese punto? ¿Qué necesita una novela para que se abra ese espacio posterior a la lectura? ¿Cómo lo consigue Kenzaburo Oe en la suya? He ahí las preguntas elementales.
Bird, un joven profesor preuniversitario de Tokio, adquiere varios mapas de África porque sueña con viajar a ese continente. Sin embargo, el proyecto, que ha ido cobrando forma en su cabeza y para el que él ha estado ahorrando durante años, queda ahora supeditado al nacimiento de su hijo. En el inicio de un verano caluroso, su mujer ha dado luz a un niño con una deformación congénita que va a tenerlo unos días entre la vida y la muerte.
Una cuestión personal, Kenzaburo Oe.
La semana de Bird. El tiempo que se extiende entre la noticia y el desenlace. Entre el minuto en que se entera de la anomalía y el momento en que toma su decisión final. Ése es el periodo narrado. Ésa es la historia que se nos cuenta. Y es que para su protagonista van a ser horas fundamentales. No sólo por la incertidumbre generada por la adversidad, sino porque ésta hace aflorar su faceta miserable. Todo su repertorio de sentimientos. Todas sus debilidades.
Refugiado a ratos en el piso de su amiga Himiko, entregado a una sesión continua de sexo y alcohol, Bird deambula por la ciudad como un individuo diferente. Oscila entre su escondrijo y otros lugares. Entre la academia y los hospitales. Se columpia entre los consejos de los demás como un balancín. Se comporta como alguien que no ha sido antes. Saca a la calle nuevas versiones de sí mismo. Variaciones de un hombre que él desconocía y que aparecen de pronto para suplantar la única naturaleza, la única manera de ser con la que ha existido hasta entonces.
Qué magnifico ese duelo entre padre e hijo. Desde la incubadora donde intenta prosperar, éste mantiene un pulso sordo con aquél. Le desafía sin ser consciente de ello. Le interpela en la distancia. Le desnuda delante de sí mismo. Y aunque al principio Bird se tapa los oídos con las dos manos, se anestesia a base de coitos y whisky, hay un instante en que por fin comprende. Hay un segundo de lucidez en que escucha la llamada del bebé monstruo como un cuerno musical en la noche.
Pienso en la próxima vez que lea este libro. Ya empiezo a alegrarme ahora. Sí, porque quizá a esas alturas hayan pasado otras dos décadas y yo necesite averiguar en qué he cambiado. En qué me he convertido con el tiempo. Entonces sacaré de la estantería la novela del autor japonés y su lectura volverá a aportarme una pista certera de lo que soy.

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