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OPINIÓN

Aquí no, ahora no, Erri De Luca

De Luca recrea su infancia en Nápoles. A partir de una fotografía donde se ve a su madre en una calle de la ciudad, el narrador cuenta su relación con ella, el choque entre los caracteres, la evolución de éstos

Avatar del undefinedIgnacio Lloret26/05/2019
Hay autores de los que oigo hablar en distintas ocasiones a lo largo de los años. Son nombres que se me aparecen de vez en cuando y en los que no acabo de detenerme del todo. Alguien alude a ellos en un artículo o en una conversación, menciona uno de sus libros, pero luego el asunto se olvida y la referencia acaba perdiéndose a lo lejos como un dato en la red.
Entonces, un buen día, vuelvo a tropezarme con él o con ella. Puede ocurrir en una feria o en una librería, en una biblioteca o en casa de un amigo. De pronto, uno de sus títulos se cae de la estantería o sobresale por error en una hilera mal ordenada, y en ese momento comprendo que ya no es posible seguir ignorándole.
Aquí no, ahora no, Erri De Luca
Me ha sucedido con el escritor italiano. Nos hemos cruzado a menudo. Ya no recuerdo dónde. No tiene importancia. Lo valioso es el descubrimiento. Lo bueno es que también esta vez ha sido un acierto por mi parte obedecer la señal. Y es que lo curioso de esta clase de encontronazos es que casi siempre son felices.
En Aquí no, ahora no, Erri De Luca recrea su infancia en Nápoles. A partir de una fotografía donde se ve a su madre en una calle de la ciudad, el narrador cuenta su relación con ella, el choque entre los caracteres, la evolución de éstos. Cuenta cómo los cambios propios de la edad tuvieron una correspondencia en la vida de la familia, un paralelismo en los traslados de casa. Describe los sentimientos que nacían de cada situación, el cuidado con que él fue acomodándolos en su cuerpo. En definitiva, regresa al muchacho que fue con el propósito de entenderlo hasta el final utilizando los recursos del hombre adulto.
Qué pocas páginas hacen falta. De Luca nos demuestra en qué medida cualquier experiencia autobiográfica puede reducirse a lo esencial. A un puñado de palabras. A unas cuantas frases brillantes. A una mirada diferente hacia cosas que nos han ocurrido a todos. Su recuerdo es selectivo para poder ser literario. Su Yo-narrador sabe que bastan unas pocas personas, unas pocas imágenes, unos pocos lugares. Sabe que, además de a su madre, debe recuperar a Filomena, la empleada doméstica, a Massimo, el amigo que se ahogó en el mar y, por supuesto, a su mujer, que también murió joven. Es consciente de que, en la categoría de los fenómenos, debe mencionar el frío, su modo de romper los juguetes o la extrañeza que su nombre de pila causaba en los demás. Intuye que, en el orden de los escenarios, necesita el Tirreno, las calles de Nápoles y la verja que atravesaba todos los días para ir al colegio. Comprende que el lector agradece esa síntesis y esa claridad en las referencias, de manera que él, más tarde, terminado el libro, pueda reemplazarlas por las suyas.
Ah, y el potencial simbólico de su tartamudeo. Sí, porque, incluso aunque fuese algo inventado, funcionaría en el nivel de las connotaciones. En el espacio de aprendizaje que nos abre la buena literatura. Tartamudear para detener el tiempo. Para ralentizarlo. Tartamudear en los diálogos incómodos. Tartamudear ante las preguntas difíciles. Tartamudear como una forma distinta de contestar. Como una estrategia para contar. Tartamudear sólo con ciertos individuos. Seguir haciéndolo después aunque ya se haya superado el defecto. Fingir el defecto un rato más.
Pero quiero volver a la madre. A la mujer de la fotografía. A esa imagen del principio. Me gusta el modo en que la interpela el protagonista. En que intenta acceder a su misterio de persona corriente. Me gusta su deseo de conocerla. De relacionarse con ella en otras condiciones. Con la ventaja que le da el paso de los años. Con las ganas de coincidir en algo con ella. De estar de acuerdo aunque sólo sea un instante. De llegar a algún sitio a la vez.
A menudo, de esos autores que descubro al cabo de mucha insistencia por su parte, prefiero no leer nada más. Tengo suficiente con una única obra. Cuando ésta es delicada como la de Erri De Luca, me conformo con un título. En cierto modo, me atrae la idea de alguien que vino a visitarme con un regalo. Alguien que se sentó a mi lado junto al fuego y que luego volvió a perderse en la oscuridad.
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