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ESTACIÓN DE LIBROS
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¿De qué está hecha una manzana?, Amos Oz

Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizada 11/05/2019 a las 13:10

La conversación como género literario. Un diálogo con el autor que va más allá de la entrevista. Que trasciende el cariz coyuntural de una entrevista. Algo distinto no sólo por su extensión, sino por la confianza entre los dos interlocutores, el tono de fondo y la profundidad de las reflexiones. He ahí una modalidad imprescindible de prosa.

Lo mismo que en otros casos, que cuando decido leer un ensayo sobre literatura, no me conformo con cualquier escritor. No, porque no todos tienen algo que decir. Incluso aunque tengan algo que contar. Hay quienes, habiendo adquirido técnicas eficaces para narrar una historia, habiéndolas puesto en práctica en muchas novelas, no disponen de una visión peculiar. De una voz propia. A pesar de su destreza en la invención de tramas y desenlaces, carecen de la capacidad para alumbrar esa clase de ideas sobre la vida y sobre el ser humano, sobre el mundo y sobre el alma, que, incluso cuando resultan erróneas, emocionan a los lectores gracias a su belleza.

He disfrutado con este libro de Amos Oz. Con este encuentro entre su editora, Shira Hadad, y él. Me han interesado las preguntas y he seguido con expectación las respuestas. He conocido otros episodios de su biografía, no incluidos en 'Una historia de amor y oscuridad', y he aprendido de las observaciones sobre su obra, sobre sus influencias, sobre sus limitaciones, sobre el proceso creador expuestas a lo largo del texto. He retenido frases y he subrayado pasajes cuyo espíritu, cuyo significado, más adelante, a partir de ahora, quién sabe en qué momento, me servirán para completar un curso, para ilustrar una conferencia, para abordar un relato o resolver alguna de sus escenas.

Ah, y con qué rapidez se lee algo así. Este tipo de libros. Su formato, la dinámica pregunta-respuesta, dota al discurso de un ritmo singular. De un ánimo diferente. Seducido por la ocasión, metido en esa tesitura, el entrevistado acaba superándose a sí mismo. Se eleva por encima de sus límites habituales. Alcanza un nivel de pensamiento al que sólo puede acceder por la puerta de la entrevista. De la formulación de cuestiones en voz alta. Se le ocurren cosas de origen desconocido. Llega a conclusiones de las que él es el primer sorprendido. Logra ser sublime cuando quizá ya había perdido la esperanza, cuando ya había renunciado a intentarlo. En definitiva, ofrece su mejor versión.

Estoy hablando en general. Sin embargo, cuando se trata de alguien como Amos Oz, el resultado es aún más brillante. Y si, además, la conversación tiene lugar a una edad en que el protagonista se encuentra al otro lado de sus ambiciones, de sus deseos, de sus angustias, de sus aversiones, aquélla es una delicia para el lector.

Como ocurre en el repaso de la trayectoria de un personaje público, no todos los asuntos nos atraen por igual. En lo que respecta al escritor israelí, hay temas que por la distancia geográfica, temporal o generacional nos interesan sólo hasta cierto punto. Me refiero a sus años en el 'kibutz' de Hulda, a su participación en la política del país o a sus enfrentamientos dialécticos con otros intelectuales judíos. En cambio, cuando en el último tercio del volumen, 

Shira Hadad lleva a Oz a pronunciarse sobre la esencia de la literatura, sobre la mejor forma de enseñarla en las aulas, sobre los criterios desde los que debería juzgarse una obra, sobre el entendimiento entre hombres y mujeres, entre los individuos y los pueblos, sobre la vejez y la muerte, los espectadores de este diálogo nos sentimos parte del mismo, implicados en él. Tenemos la sensación de que lo han organizado y transcrito también para nosotros.

A menudo, no hay más remedio que tomar un desvío para poder llegar. Pienso en las distintas estrategias para hacer hablar a quien puede aportarnos cosas valiosas. Es cierto que la ficción es una manera de conseguirlo, de expresar una serie de verdades disfrazándolas de narración y, sin embargo, lo literario no debe detenerse ahí. No debe conformarse con los recipientes de siempre.

A mí me gusta indagar en ello. Creo que todavía hay rodeos que no se han probado. Por los que sólo ha habido mínimas incursiones. Formas indirectas de alcanzar ese destino de pequeñas certezas que tanto nos emocionan.


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