Los asquerosos, Santiago Lorenzo

thumb

User Admin

Actualizado el 05/05/2019 a las 06:00

Los libros recomendados. Los que, de pronto, se convierten en lectura de mucha gente. Los que, por distintas razones, se libran de la avalancha de títulos que acaban siendo olvidados en poco tiempo y se ponen de moda entre el público lector. Entre quienes tienen la costumbre de leer. Los que reciben aplausos y premios serios, y, quizá por eso, quedan al margen de las críticas.

No me tapo los oídos. Me interesa averiguar por qué. Estoy dispuesto a aprender de ellos. De lo que puedan enseñarme. De las técnicas, los recursos, la voz personal o las formas de abordar una historia que aún no conozca. Que no haya encontrado antes. Que no domine o que no haya empleado nunca como escritor. Quiero despojarme de cualquier prejuicio o recelo y abrirme a lo nuevo con humildad.

Portada de Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.

Es el caso de esta novela. Me refiero a que sigo el consejo de parientes o amigos, y la leo. Es verdad que no puedo hacerlo como ellos. Es cierto que, en lo que a mí respecta, van a intervenir dos personas a la vez. Un lector y un autor. Igual que con la mayoría de los libros, no voy a poder desprenderme de esa segunda condición. Ya no soy capaz de pedirle al Otro que se vaya, que se duerma, que se desentienda. Ya no puedo esperar de él que lea sin fijarse en cómo se ha construido la obra.

Ahora no estoy seguro de quién era. Cuál de los dos se topaba con ese impedimento en Los asquerosos. Ahora creo que también mi yo lector se tropezaba con esos párrafos. Con las frases en que Santiago Lorenzo emplea un lenguaje barroco, forzado, hinchado a base de múltiples metáforas. Sé que lo hace para evitar la repetición de palabras, con el ánimo de enriquecer su texto, de decir las cosas de otra forma. Comprendo que la intención es buena y, sin embargo, tanto mi faceta lectora como mi humanoide escritor chocan una y otra vez con esos escollos.

Claro que sigo. Porque me gusta el argumento. La existencia errática de Manuel. Sus derrotas en la gran ciudad. Su huida después del incidente. El modo en que se refugia en el pueblo abandonado. Su manera de prosperar en soledad. Me entretiene su búsqueda de soluciones a los problemas. Me intriga la forma que van a adoptar los obstáculos, las adversidades, sus nuevos enemigos. En definitiva, todo lo que le ocurre desde que decide instalarse en Zarzahuriel.

Ah, y un aspecto de mayor importancia aún. Me gusta que el relato no lo cuente él, sino su tío. Y es que, gracias a ese narrador no protagonista, la historia resulta mucho más verosímil. La elección de ese punto de vista permite que el lector vea con claridad al personaje. Lo imagine mejor. Lo entienda y simpatice con su destino. Esa perspectiva dota a Manuel de un halo legendario desde el principio.

Hay dos elementos que suponen un ligero lastre en la novela. Más allá del lenguaje. Uno está relacionado con la trama. Con lo que he mencionado más arriba. La situación peculiar de Manuel obliga al narrador a precisar en exceso. Le hace cautivo de la misma. Le lleva a enredarse demasiado en detalles. También aquí hay un propósito honesto por parte del autor. Quiere ser creíble al describir las tribulaciones del héroe. Sus recursos para salir del paso. Olvida que a esas alturas el lector ya está persuadido, ya ha aceptado el conflicto del personaje con naturalidad, y no necesita tanto dato.

El segundo momento donde la novela se atasca un poco y pierde ritmo tiene lugar en la descripción de los mochufas. De los vecinos de Manuel. En esos capítulos, el autor se olvida del narrador y del protagonista, se inmiscuye de manera inoportuna. No con una acción, sino con una serie de ideas y opiniones acerca de esa clase de excursionistas de fin de semana. Ahí, Santiago Lorenzo pierde la objetividad mínima que requiere cualquier relato y desata una especie de catarsis personal. Vierte un chorro de críticas que se entenderían en una tertulia de amigos, pero no en los confines de un texto literario.

Oh, pero, entonces, ¿hice bien en seguir la recomendación? Claro. Porque el libro termina con un final bello. Con unas líneas en forma de epílogo donde se cuenta que Manuel continúa en Zarzahuriel. Que vivirá allí mientras no se muera. Hasta que se muera.

Sí, a menudo me basta con eso. Con poder llegar a la última página levemente herido. Sangrar un rato, aguantar el dolor, y observar cómo nace una sensación agradable.

 

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora