Paradero desconocido, Kressmann Taylor

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User Admin

Actualizado el 21/04/2019 a las 06:00

Otro aliciente de la lectura, un estímulo añadido, es el hecho de leer una historia que transcurre en el lugar donde nos encontramos en ese momento. En un sitio distinto al habitual. Es un asunto sin importancia. Una excusa para perseverar y, sin embargo, a mí me crea una sensación diferente. Cada varios minutos, durante los ratos que dedico a esa obra, levanto la cabeza y dirijo la vista hacia la ventana. Miro hacia afuera, sea la calle o una zona verde entre edificios, y me fijo en cualquier cosa. Me detengo en un perro o en un peatón, en un árbol o en un columpio, pero en el fondo lo que hago es preguntarme si también los personajes pasaron por ahí.

Paradero desconocido, Kressmann Taylor

He vuelto a leer este relato de Kressmann Taylor. Esta vez en Alemania, de ahí el comentario del principio. El formato epistolar, el recurso a la correspondencia como forma de narración, permite a la autora limitarse a lo relevante. Gracias a ese intercambio de cartas breves entre los dos protagonistas a lo largo de dos años, es posible contar una historia que, con una estructura distinta, habría requerido muchas más páginas. En cierto modo, estamos ante una sucesión de telegramas. Ante una especie de pulso en el que cada mensaje escrito es un nuevo esfuerzo del brazo. Dos fuerzas proyectadas en direcciones opuestas.

Pero aún es pronto para la abstracción. Bajemos al terreno de los hechos. Martin Schulse, marchante de arte que ha residido un tiempo en Estados Unidos, regresa a Alemania en 1932 y, una vez en Múnich, se mantiene en contacto con su socio y amigo norteamericano de origen judío, Max Eisenstein. A partir de la marcha del primero, ambos se escriben con frecuencia por motivos personales y profesionales. De esa manera, el lector va enterándose de lo que sucede.

El impacto de los acontecimientos. De lo que va ocurriendo en Alemania durante esa época. Eso es lo que va vertiéndose en las cartas. Lo que empieza a determinar su contenido. A condicionar la actitud de Martin y la reacción de Max. Hay un momento en que la trama se centra en el entorno cambiante del primero. En su nueva circunstancia. Es entonces cuando se transforma su manera de ver las cosas, cuando se pervierten sus valores, cuando se enrarece la relación de amistad.

El contagio de lo ideológico. La incorporación apresurada de la ideología de otros. No de las ideas expuestas y compartidas, del fruto sosegado de muchas horas de reflexión, sino de una segunda religión basada en un catecismo sin posibilidad de réplica. He ahí el equipamiento reciente de Martin. Su indumentaria prestada. He ahí lo que le aleja de Max y de sí mismo. Y lo curioso es que, desde el instante en que acepta convertirse en recipiente pasivo de esa doctrina, ya empieza a ser víctima de ella. Ya es definitivamente su presa.

Me gusta su estrategia silenciosa de contar. La de Kressmann Taylor. Porque a la capacidad de contención del género epistolar se añade una especie de insonorización, de aislamiento acústico. Más allá de la correspondencia de Max y Martin hay un mundo en decadencia, en la antesala de una guerra. Hay órdenes y gritos. Hay prohibiciones y un germen de violencia. Sin embargo, a sus cartas todo eso llega amortiguado. Cuando las leemos, nos tapamos los oídos. Y lo paradójico es que, desprovisto de un ruido de fondo, el mensaje resulta mucho más aterrador.

Estos días he pensado a menudo en Paradero desconocido. Es algo que ocurre cuando uno continúa en el lugar. En el escenario de los hechos. He recordado el relato mientras miraba hacia el cielo de Berlín y todas esas ocasiones en que, andando por sus calles, he pisado sin querer las Stolpersteine. Sí, esas placas doradas donde consta grabado el nombre de las personas detenidas por los nazis y la fecha en que desaparecieron.

En cierto sentido, los libros son también pequeños objetos con los que nos tropezamos una y otra vez. Tienen un tamaño discreto, pero encierran todo un universo de luz y dolor.

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