Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio
Ignacio Lloret recuerda al autor recientemente fallecido

Actualizado el 14/04/2019 a las 18:17
A menudo no puedo evitarlo. Volver a leer la obra de un autor recién fallecido. Alguno de sus libros. Regreso a él por ese motivo, porque ha muerto, porque me entero de que ha muerto, pero también porque en cierta ocasión, sea cuando sea, me gustó por primera vez.
De modo que no me sirve cualquier título. Por triste que resulte la noticia, la desaparición del escritor, no voy a descubrir de repente virtudes literarias que no hallé en su momento. No voy a falsear el homenaje. No hago trampas de ese tipo. Lo que hago es girarme hacia los estantes de mi librería y sacar ese volumen que resiste bien el paso de los años, que soy capaz de apreciar más allá de cualquier suceso.
Por eso esta novela. Por eso Alfanhuí. Porque ya me sorprendió hace mucho. Claro que también influye lo otro. El ser consciente de que el autor ya no está. Ocurre que ahora la lectura es distinta. Ahora, después de superar cada página, imagino a Ferlosio escribiéndola, en ese planeta lejano donde vivía entonces, y admito que la sensación es diferente. Reconozco que a veces lo póstumo sabe mejor.
La historia de un muchacho inventada por un muchacho. Aunque el lugar donde transcurre es la España miserable de la posguerra, hay algo intemporal en aquélla. En cierta forma, Alfanhuí, su protagonista, se asemeja a otros personajes de los que ya he hablado en este blog. Tiene rasgos de Andreas Egger. Sí, porque se mueve a la vez en muchas épocas. En todas ellas. En cualquier tiempo en que los hombres deban abandonar pronto su casa, aprender lecciones de otros y salir a la ventisca de la vida con un utillaje insuficiente.
Es un Bildungsroman, una novela de formación, pero de una clase peculiar. Hay un recorrido y unas etapas. Hay un maestro y el aprendizaje de un oficio. Hay un momento en que el chaval debe prosperar solo, valerse por sí mismo. Todo eso es común a otros relatos y, sin embargo, en éste se produce un encontronazo feliz con la fantasía.
Desde el principio, los objetos y los espacios, los avatares y los destinos quedan distorsionados por la imaginación. El autor, de una manera deliberada, interrumpe el curso lógico del argumento, su avance cronológico y coherente, con toda una serie de episodios mágicos. El primer fuego de Alfanhuí. Su bajada al pozo. Los injertos de pájaros en árboles. La pelea entre el gallo y los lagartos. Los huevos incubados en el regazo caliente de la abuela.
Sí, lo que parecen distracciones del guión resultan ser hitos esenciales del libro. Quizá por eso, a partir de cierto capítulo, el lector comprende que no debe tener prisa por seguir. Que aquí no se trata de averiguar nada. Que no le espera nadie en ningún sitio. Que no le urge ningún desenlace. Aunque intuye que el viaje de Alfanhuí va a continuar, entiende que sólo tendrá sentido en cada encuentro. Con cada hombre y cada mujer del camino. Con cada enseñanza, experiencia o transformación de materia que aporte. En definitiva, cada vez que las cosas se conviertan en otras por haber proyectado hacia ellas una mirada diferente.
A ratos he pensado en Le petit prince. Y es que las criaturas de Ferlosio recuerdan en cierto modo a las de Saint-Exupéry. No sólo los personajes, sino la manera en que se presentan. El protagonista los conoce al adentrarse en su mundo. En su dimensión extraña. El maestro disecador, los ladrones, el gigante Heraclio, el labrador Roque Silva o la abuela parecen estar esperando la llegada de Alfanhuí. Ya existían antes y lo harán después, pero disfrutan de un instante de esplendor cuando aparece el chico. Entonces despiertan de una especie de letargo, se incorporan del todo y actúan como muñecos activados para la ocasión. Son los últimos habitantes de su pequeño universo y, lo mismo que en el relato del autor francés, representan una forma de ser y de vivir que se extinguirá con ellos.
La relectura de un escritor que acaba de morir es algo especial. Tiene un componente morboso al que no es necesario aludir, que yo prefiero ocultar como un secreto. Gracias a la riqueza del lenguaje, puedo recurrir a un eufemismo y llamarlo tributo, conmemoración o regalo de despedida. Al fin y al cabo, en literatura cualquier pretexto es válido con tal de no decir la verdad.