Escribir ficción, Edith Wharton


Actualizado el 07/04/2019 a las 06:00
De vez en cuando necesito volver a la casilla de salida. En los confines de la literatura. En el ámbito de la técnica literaria. Necesito apartar por un momento mis ideas sobre el asunto, las convicciones que he ido adquiriendo a lo largo de los años gracias a los libros leídos y a los libros escritos, y consultar las lecciones de otros.
Oh, no me sirve cualquiera. No pierdo el tiempo con todas esas declaraciones superficiales que circulan por ahí. En mi regreso al origen, sólo recurro a quienes tienen autoridad en la materia. Más aún. Atiendo sólo a aquellos colegas que, pudiendo hablar de su propia obra a la hora de exponer aspectos teóricos, son lo suficientemente humildes como para remitirse a ejemplos ajenos.
Es el caso de Edith Wharton. Es el caso de este delicioso ensayo. En él, la autora norteamericana aprovecha un descanso entre la escritura de novelas para ilustrarnos al respecto. Para compartir con sus lectores lo que va aprendiendo por el camino. Y lo hace en un tono modesto y confiado. Con la seguridad de saber que pisa un terreno conocido, que se mueve en su elemento. Con el ánimo constructivo de quien ha llegado a dominar una destreza y está dispuesto a instruir en ella, en los rudimentos de la misma, a todo aquel que desee mejorar.
Qué alegría cuando nos encontramos. Me refiero a ese intercambio de pensamientos entre autora y lector que se pone en marcha durante la lectura de su libro. Cuando la señora Wharton alude a las diferencias entre las modalidades de prosa, y nos entendemos enseguida. Cuando habla de la elección del punto de vista, de los recursos para crear el efecto del paso del tiempo, o del descarte forzoso de lo superfluo en una historia. Y es que, cada vez que coincidimos en una observación, yo noto un alborozo nuevo, la tranquilidad de estar acertando con mis intuiciones.
El mundo de la ficción. El del conflicto y los personajes. El de la trama y sus desenlaces. He ahí los términos alrededor de los cuales gira esta obra de Wharton. Aunque han pasado casi cien años desde su publicación, las enseñanzas que incluye mantienen su vigencia. Siguen siendo tan válidas como entonces. Es verdad que a lo largo del siglo XX han aparecido muchas variantes en el contexto de la narrativa. Muchas clases de novela. Se ha mezclado lo ficticio con lo autobiográfico, lo imaginario con lo factual. A la hora de narrar las vicisitudes y el destino de los personajes, se han empleado formatos propios de otros géneros. De la crónica y del reportaje, de la entrevista y del artículo. Sí, ha habido incluso cierta confusión después de tanto experimento y, sin embargo, algunos conceptos literarios continúan funcionando entre nosotros.
Su caudal de referencias. Su reserva de datos y conocimientos. De la escritora neoyorquina. Porque las teorías hay que demostrarlas. No es suficiente con señalar qué aspectos distinguen a una novela costumbrista de una novela de situación. Es necesario ilustrarlos. Y dado que ella ha leído casi todo lo que se ha editado hasta ese momento, no le cuesta nada mencionar a Balzac, a Tolstoi, a Brontë, a Proust, a Thackeray, a Stendhal, a Flaubert, a Meredith, a Trollope, a Turgueniev o a Jane Austen.
No es una cuestión de nombres. Edith no se conforma con ellos. No, Edith nos remite a títulos concretos. A capítulos determinados. Nos coloca en mitad de un fragmento para indicarnos en qué instante pierde sentido un diálogo o cuándo un personaje deja de ser persona para convertirse en marioneta del argumento.
Yo he salido estimulado de este libro. Con un conjunto de certezas útiles. Con las ideas revisadas. Tengo la sensación de haber desechado aquellas que, quizá por pereza mental, ya se habían transformado en fijaciones. No estoy de acuerdo con todo lo que se dice en él, pero, incluso detrás de mis discrepancias con la autora, acabo viendo el efecto natural de su lección.
Ah, y qué divertida resulta su comparación entre el lector nato y el lector mecánico.