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Estación de libros
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Nina Berberova, Nina Berberova

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Nina Berberova, Nina Berberova
Actualizada 22/02/2019 a las 18:27

Hay maneras alternativas de conocer una época determinada. Alternativas a los manuales de Historia. Una de ellas consiste en recurrir a las memorias de alguien que haya vivido en ese tiempo. Alguien que, bien por su longevidad, por su necesidad de desplazarse a muchos sitios o por el privilegio de poder relacionarse con distintos tipos humanos, abarcó varias vidas en una sola.

Me gusta tomar esa especie de atajo. Prefiero ese camino diferente. Sí, porque leyendo el texto autobiográfico se consiguen unos cuantos objetivos a la vez. Uno viaja a los años que sean, a los lugares donde estuvo el personaje, y de ese modo aprende cómo era el mundo de entonces. Por otra parte, se siguen los pasos de un individuo concreto. Uno no se conforma con una panorámica general, con una crónica ponderada. Gracias al testimonio del narrador, uno se acerca al momento y comprueba de qué forma impactó en aquél. Cómo le afectó lo que vivía en el instante en que lo vivía.

Ah, y no importa que se trate de una visión subjetiva. No lo es también la del historiador? La del autor de un ensayo? Claro que sí. Lo de menos es si los hechos ocurrieron tal como se cuentan. Hace mucho que eso no le preocupa a nadie. A nadie le inquieta algo así en los confines de la literatura.

Este libro de Nina Berberova va en esa dirección. A través de él, el lector se hace una idea de cómo era Europa en la primera mitad del siglo XX. De lo que le ocurrió al continente en esas décadas. Qué supuso la revolución soviética para los rusos que se opusieron o escaparon de ella. Qué consecuencias tuvo para los intelectuales. Para la gente en general. Hasta qué punto las dos guerras mundiales zarandearon a los países y a sus poblaciones. Qué significado empezaron a adquirir entonces los términos exilio, persecución, marginación u olvido.

Y aunque todo eso está ahí, en las páginas de su obra, la escritora de San Petersburgo lo menciona o lo narra como parte del escenario donde le pasaban las cosas. Como el contexto temporal y espacial donde ella iba haciéndose persona. Antes que por el acontecimiento, su mirada traducida en palabras se interesa por su propia reacción en cada circunstancia. Por lo que la catástrofe o la pérdida, el drama o la adversidad desencadenaron en su corazón o en su alma. Por la clase de ser humano que nacía en cada ocasión, que brotaba en su interior a partir de cada suceso.

En definitiva, Nina Berberova indaga en Nina Berberova. Y quizá porque ese propósito puede resultarnos mezquino, ella se excusa diciendo: "nunca he sido capaz de observar a los demás con la atención y la profundidad con que me observo a mí misma".

He ahí otra faceta del asunto. La oportunidad que se abre más allá de todo proyecto autobiográfico. La posibilidad que tiene el autor de utilizar el relato para enterarse de ciertas cosas de su vida. Para conocerse un poco mejor. Lo expresa la propia escritora rusa cuando dice: "yo creía que llegaría a ser alguien, pero no he llegado a ser nadie, sólo he llegado a ser". Aunque esa frase parece contener decepción, el reconocimiento de un fracaso, resume con acierto el único anhelo razonable de los hombres, la única meta a nuestro alcance. Y lo paradójico, lo gracioso también, es que una vez conseguida, pierden importancia las demás. Las que pudo haber antes. Las que nos entorpecieron mientras tanto. Todos los afanes absurdos que pudieron confundirnos por el camino.

Siempre que se habla de intriga en literatura, pienso en una variante de ese mismo concepto. Me refiero a la curiosidad que despiertan en el lector los libros de memorias. Sé que es una sensación diferente y, sin embargo, yo la disfruto de lo lindo. Esas veces, me urge averiguar cómo vivió la persona, cuáles fueron sus problemas, con qué actitud los abordó, qué enseñanza extrajo de ellos, qué consejos nos da a quienes todavía estamos aquí.

Ah, y con esos argumentos se logra a menudo tanta tensión narrativa como en cualquier historia de ficción.

 

 

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