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Estación de libros
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Toda una vida, Robert Seethaler

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Toda una vida, Robert Seethaler
Actualizada 14/02/2019 a las 13:56

La literatura nos recuerda quiénes somos, qué somos. Por eso, aparte de libros que cumplen otras finalidades, de vez en cuando necesitamos historias que nos devuelvan esa noción básica. Que nos retrotraigan a una especie de lección elemental sobre nosotros mismos. Sería algo parecido a esas limpiezas en profundidad que practicamos cada cierto tiempo en un cuarto, en una casa, en cualquier habitáculo donde hayamos acumulado trastos inútiles. Sí, porque después de haberlos apartado y tirado, lo que queda es una dotación mínima, algo que podemos considerar suficiente. Aquello con lo que deberíamos conformarnos.

 

 

No es fácil que una novela lo consiga. Me refiero a esa capacidad de reflejar nuestra condición de una manera desnuda. A menudo ocurre que, al crear personajes, al situarlos en épocas y lugares, al asignarles una vicisitud, el autor se excede. Empieza a añadir datos e informaciones, a incluir objetos y a personas, a inventar hechos y desenlaces, y de ese modo, sin darse cuenta, va alejándose de lo fundamental.

En Toda una vida, Robert Seethaler nos remite al principio. A través de su protagonista, Andreas Egger, nos cuenta cómo es el Hombre una vez despojado de todo lo superfluo. No en el sentido de propiedades o bienes materiales, sino de ambiciones, pretensiones, exigencias, afanes, planes y ansiedades. Por medio de una serie de circunstancias biográficas que lo propician, el autor imagina una figura intemporal que, sin embargo, continúa siendo un ser de carne y hueso. Su criatura es un habitante más de los valles alpinos en la Austria del siglo XX, pero es también alguien que existía mucho antes y que existirá mucho después de su tiempo. Es alguien que vive al margen de los parámetros convencionales. Alguien que, encajando naturalmente en un espacio concreto, lo sobrepasa, va más allá de él. Es alguien que viene del pasado y que camina sin prisa hacia el futuro. Es alguien que, sin necesidad de saberlo ni de reflexionar sobre ello, representa la esencia del ser humano.

Egger acepta con resignación lo que le ocurre. Se adapta con serenidad a lo que sucede. Su actitud no tiene nada que ver con la indiferencia ni con el cinismo. Sufre la muerte de su mujer y las privaciones de toda clase que le depara el destino, pero permanece de pie como un árbol. No mira hacia adelante ni hacia atrás, salvo esos breves intervalos donde hace un balance positivo, siempre benevolente, de su pasado. Su mirada se tiende hacia el paisaje, hacia las montañas y los valles que le rodean. Contempla esa belleza y la almacena en su alma para disponer de ella cuando no la tenga cerca. Por lo demás, su vista se concentra en lo inmediato, en lo perentorio, en la labor que desempeña en cada ocasión. Y gracias a ese modo contenido, a esa ausencia de dramatismo, a un asombro propio del Primer Hombre, Andreas se convierte en un cristal transparente a través del cual el lector ve pasar los años, los sucesos, los descubrimientos. Ve desfilar ante sus ojos la guerra y la paz, la industria y el progreso, todas las pulsiones legítimas o miserables de los individuos.

Cuando se logra un personaje así, debe de ser muy difícil "obligarle" a morir. Hay que conseguir una muerte que esté a la altura de lo narrado hasta entonces. Que sea digna de aquél. También en eso acierta Seethaler. Sí, porque, en una escena parecida a la de Stoner, la obra de John Williams, el autor austriaco describe de forma conmovedora los últimos instantes de Andreas. Y si en este caso la emoción es aún mayor, se debe a que con él desaparecemos todos un poco. Se extingue por un momento la raza humana. En unos segundos se apaga una vela, se detiene un corazón, se enfría un cuerpo, y de pronto, nosotros, los lectores, gracias al ejemplo de Egger, somos conscientes de lo grandioso que es vivir, de la inmensidad de la vida.

Me gusta mucho cómo termina esta novela. No, no me refiero a lo que acabo de contar. Pienso en ese viaje en autobús del último capítulo, en el trayecto de vuelta. En la alegría que siente Andreas al reconocer su pueblo, al ver la nieve de nuevo, al regresar a casa. Pienso que, igual que él cuando se reencuentra con todo eso, yo me noto tranquilo cada vez que leo una historia como la suya. Vuelvo a recordar el motivo, lo que se me ha perdido en los libros, y sonrío a solas como un niño con un secreto.

 

 

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