La España tétrica, Honoré de Balzac

Publicado el 19/10/2018 a las 09:05
He viajado hasta Tours para encontrarme con el autor francés en su ciudad natal. Es una tarde soleada de septiembre. Ahora, después de pasear un rato por los jardines que rodean el Museo de Bellas Artes, nos hemos sentado en un banco a hablar de su libro.
No recuerdo a quién se le ocurrió reunir estos dos relatos, Las Marana y El verdugo, bajo este título y en un único volumen. El motivo pudo ser que ambos transcurren en España durante la Guerra de la Independencia. No es un mal criterio a la hora de publicar una obra de este género. En todo caso, yo los escribí en la misma época, así que, además del contexto geográfico e histórico, seguramente comparten también el estilo.
Supongo que ese acontecimiento marcó a varias generaciones de europeos, pues aparece de fondo en muchas narraciones a lo largo del Romanticismo.
Y a los escritores de entonces nos convenía disponer de él. De un escenario vivo capaz de estar a la altura de las historias de amor que queríamos contar. La fugacidad de los romances, lo efímero de los afectos, encajaba bien con todos esos lances sangrientos propios de la guerra, habituales en ella. Todo era intenso. Todo sucedía muy deprisa. Debido a la brutalidad del entorno, nadie vivía mucho tiempo, y eso hacía que las relaciones apasionadas inventadas por los autores fuesen más creíbles que nunca.
A pesar de que las mujeres existían a expensas de los hombres, pendientes de lo que éstos decidieran, al final se revelaban como criaturas valientes y seguras de sí mismas.
Sin necesidad de sitiar ni destruir ciudades. Sin necesidad de retar a nadie. En un principio seguían a sus esposos y llevaban una vida vicaria a la sombra de éstos. Pasaban de las manos de uno a las de otro con tal de salvar su honra o curar las heridas de un amor no correspondido. Y, sin embargo, siempre llegaba un momento en que su carácter afloraba. Se imponía sobre la debilidad masculina y les permitía resolver los problemas creados por ellos. En cierto modo, ellas florecían en pleno declive de sus padres, hermanos, amantes o maridos.
No obstante, su fragilidad sentimental, que no psicológica, todavía las mantuvo en un segundo plano durante muchas décadas, no le parece?
Sí, pero ellas fueron las protagonistas de las grandes novelas realistas del último tercio del siglo XIX. De libros como Anna Karénina, Effie Briest, Madame Bovary o La Regenta. El hecho de que en la realidad continuaran dependiendo de los hombres, lejos aún del mundo laboral y de los centros de poder, no significa que no asumieran un papel relevante a nivel social. Es más. Su marginación de la escena pública hizo que poco a poco se convirtieran en soberanas en toda una serie de ámbitos privados, en espacios que más tarde han sido el terreno natural de muchos argumentos de la literatura moderna.
Por otra parte, eso que usted llama fragilidad admite otra lectura, da lugar a algo mucho más interesante en el universo literario. Me refiero a la riqueza de matices en el corazón de las mujeres. A la confusión de sentimientos que a veces se produce en él. A la convivencia de pulsiones contradictorias en una misma alma. En definitiva, esa supuesta fragilidad femenina ha resultado ser un filón, una fuente de inspiración para narradores y dramaturgos.
Está anocheciendo en Tours. Ha empezado a llover a orillas del Loira. No quiero entretener más al señor Balzac. Antes de decirle adiós, le pregunto qué ocurrió con Juana de Mancini, la protagonista de Las Marana.
No lo sé con certeza, aunque oí algunos rumores cuando viajé por España. Por lo visto, regresó a Tarragona, a la casa donde había nacido. Se instaló allí con sus hijos Juan y Francisque, los que había tenido con el señor Diard, y regentó una pensión de huéspedes con su ayuda. Dicen que no volvió a casarse y que, cada vez que en las conversaciones se hablaba de hombres, ella cambiaba de tema. No porque los odiara, sino porque a esas alturas le interesaban tan poco como la lectura de un documento jurídico en una tarde de verano.