Incidentes, Roland Barthes

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Ignacio Lloret

Publicado el 12/10/2018 a las 09:30

He venido a París para entrevistar al autor francés. Nos hemos encontrado en el café Flore porque es aquí donde solía citarse con sus amigos. He elegido esta hora de la noche porque el señor Barthes acostumbraba a salir cada día, a pasar todas las veladas fuera de casa. Ahora, mientras compartimos una botella de vino, hablamos de este conjunto de textos que apareció después de su muerte.

 

No sé si yo los hubiese reunido de esta manera. Me refiero a los cuatro juntos. Dos relatos ya editados y otros dos inéditos. No tengo muy claro en qué se habría convertido cada uno si yo hubiera seguido viviendo. En cualquier caso, todo libro es una celebración, así que me alegro de que éste se publicara.

Puestos a comparar unos con otros, a relacionarlos entre sí a los efectos de esta conversación, podría decirse que encajan en diversos géneros: el diario personal, la crónica social, los apuntes de viaje y la narración de corte autobiográfico.

Y más allá de esa clasificación teórica, había una intención estilística por mi parte. De algún modo, yo quería probar distintos lenguajes y distintas estructuras. Me propuse buscar el formato más adecuado para cada contenido. No es lo mismo desarrollar una idea que registrar un instante fugaz durante el recorrido por un país extranjero. No es igual evocar unos recuerdos de infancia que describir las virtudes de un teatro. Cada mensaje requiere un canal diferente. Cada escrito tiene derecho a procurar su propia claridad.

Sin embargo, hay un aspecto común en los de este volumen. Me refiero a su carácter fragmentario. Incluso los dos textos que aparecieron cuando usted aún vivía tienen la vocación de algo más extenso.

Es verdad. La luz del Sudoeste, el episodio testimonial sobre mis estancias en Bayona, pide continuidad. Ése era mi propósito, escribir un libro de memorias al uso. Y quizá por eso lo mandé en 1977 a L`Humanité. Lo envié para comprobar cómo era recibido por los lectores de ese periódico. Para saber si funcionaba en clave narrativa, literaria. De todas formas, ya no recuerdo si hubo críticas o en qué dirección fueron éstas.

En cuanto a Esta noche en el Palace, publicado en la revista Vogue en 1978, podría entenderse también como la prueba piloto de un gran reportaje sobre París. Sobre la ciudad en el último tercio del siglo XX. Sobre sus locales de moda y sus lugares en declive. Sobre la gente que los frecuentaba entonces. En definitiva, sobre la vida social en una época poco propicia para ella. No sé si se escribió un libro así, pero yo habría sido uno de los autores capaces de hacerlo.

Volviendo a los dos relatos inéditos, Incidentes y Noches de París, llegó usted a imaginárselos de alguna manera? Quiero decir, en su versión final.

Como he sugerido antes, ni siquiera estoy seguro de si habría decidido editarlos. No en vano, se trata de escritos muy personales. El primero no deja de ser un cuaderno de trabajo, una serie de anotaciones privadas sobre lo que vi en Marruecos. El segundo, un conjunto de entradas de mi diario.

Creo que habría esperado un tiempo. No sólo para que el volumen, en cada caso, fuese mayor, sino para comprobar cómo evolucionaba desde el punto de vista estético. Y es que ahí, en ese terreno, uno se lleva sorpresas. A menudo, lo que al autor le parecía en un principio dudoso o incompleto, resulta estimulante para el lector. Lo que le parecía interesante por afectar a la propia vida, termina aburriendo a los demás. No existe una fórmula válida en ese sentido. La eficacia o prosperidad artística de un texto continúa siendo un enigma para quien lo escribe.

Es madrugada en París. Ahora el destello de la luna entra por los cristales del Flore. El señor Barthes y yo hemos empezado a bostezar. Sé que es delicado lo que voy a decirle antes de marcharme, pero no puedo evitarlo. Quizá sea ésa una de las ventajas de hablar con personas muertas. Que no son tan sensibles como los vivos. Así que me levanto y, recurriendo a toda la cortesía posible, le pido que me acompañe hasta la calle donde murió. Al cruce donde fue atropellado por una furgoneta un día de 1980.

 

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