Tifón, Joseph Conrad

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Ignacio Lloret

Publicado el 05/10/2018 a las 09:17

Me he citado con el escritor en los muelles de Ramsgate, en esta ciudad del condado de Kent. Joseph Conrad nació en una población polaca de la actual Ucrania, pero creció en Inglaterra y más tarde se instaló aquí cuando dejó de navegar por el mundo, cuando decidió dedicarse a la literatura. Ahora, muchos años después, una mañana soleada de octubre, nos hemos sentado en una taberna del puerto para hablar de su libro.

 

Necesitaba escribir sobre lo que había visto. Sobre la aventura de todos aquellos barcos. Sobre la vertiente salvaje del mar. Quería un relato donde hubiese sitio para esos sucesos y también para los marineros que los habían vivido. Sabía que al lector le costaría creerme, así que me esforcé todo lo posible por resultar verosímil.

En su narración hay una gran riqueza de detalles. Se nota que usted conocía bien ese mundo.

Sin embargo, ni siquiera entonces es fácil que el texto prospere. Me refiero a que en esos casos, cuando el autor parte de una experiencia ambientada en un entorno tan específico, puede llegar a embriagarse de datos, de términos, de informaciones técnicas. Puede llegar a confundirle toda una serie de recuerdos que le han marcado a él pero que quizá no sirven a efectos literarios.

De modo que lo más difícil es la conversión. Yo debía ser selectivo con mis vivencias. Cualquier narrador está obligado a serlo. Debe escoger en el caudal de lo real aquello que, una vez transformado, llegue de una manera eficaz al lector. Y si esa fuente de historias es demasiado asombrosa, él no tendrá más remedio que rebajar la intensidad, moderar el tono, renunciar a lo inaudito.

A pesar de todo, usted eligió para el argumento un acontecimiento extraordinario. No se conformó con una tempestad cualquiera.

Quizá porque, de esa forma, la imagen que yo transmitía en mi relato quedaba más clara a ojos de quien lo leyese. Para quienes no estuvieran familiarizados con el espacio. Para quienes no hubiesen visto nunca el mar. Aunque suene paradójico, ésa era mi estrategia para acercarles lo desconocido. Y es que, al poner todas las cosas en movimiento por medio del huracán, todas las piezas en acción, las escenas acababan siendo más imaginables.

Pero hay algo más. Antes que desencadenar elementos, yo pretendía encender a mis personajes. Quería crear las circunstancias adecuadas para que cada uno revelase su carácter. Su capacidad o incapacidad para reaccionar. Quería dejar al aire su miseria o su gallardía, su humor o su valor. En definitiva, quería conducirles hasta ese extremo de la existencia donde del interior de cada individuo surgen al mismo tiempo todos los tipos de hombre que puede llegar a ser.

Me gustaría destacar al capitán MacWhirr. No sólo en su condición de protagonista, sino como figura peculiar. Está muy conseguido ese contraste entre los peligros que corre y la serenidad, la indolencia con que los asume.

Y eso se refleja muy bien en las cartas que envía a su familia. Tanto a sus padres, primero, como a su mujer, más tarde. Yo le "obligué" a emplear expresiones trilladas, los tópicos relacionados con el universo naval, para que describiese en pocas palabras sus peripecias en el océano. Sí, porque al usar ese lenguaje vacío de significado y de emoción, MacWhirr quita importancia a lo que vive y logra tranquilizar a los suyos. Al recibir esos mensajes tan aburridos, Lucy y su hija Lydia permanecen al margen de lo violento, continúan con su vida libre de sobresaltos.

A propósito de eso, en su relato se aprecia una separación radical entre el mar y la tierra. Parecen dos planetas distintos.

Hay incomprensión entre ambos. Entre quienes habitan en uno y otro lugar. Por parte de sus allegados, hay una indiferencia hacia los marineros que ya no escandaliza a nadie, que ya es un gaje del oficio. En cierto modo, aquéllos son muertos que resucitan cuando desembarcan y que vuelven a morirse al enrolarse de nuevo.

Es mediodía en Ramsgate. Ahora el señor Conrad está inquieto. Mira por la ventana hacia los barcos amarrados. Yo no quiero cansarle más. Antes de despedirme de él, le pregunto qué pasó con el Nan-Shan después de aquella travesía.

Fue reconstruido en un astillero de Belfast. Zarpó hacia Argentina con una tripulación diferente y naufragó meses más tarde en el Cabo de Hornos.

 

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