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Dime una adivinanza, Tillie Olsen

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Dime una adivinanza, Tillie Olsen

28/09/2018 a las 09:41
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He vuelto a San Francisco para visitar a la escritora norteamericana. La señora Olsen nació en Nebraska, pero vivió muchos años aquí. Nos hemos citado en un pequeño hotel de la calle Filmore. Es una tarde lluviosa de agosto. La ventaja del tiempo desapacible es que, debido a él, no tenemos prisa por salir, podemos conversar sobre este relato hasta la noche.

 

 

Fue una especie de tributo a mi madre. A las madres. A todas aquellas mujeres que se sacrificaron por sus hijos, que asumieron una vida abnegada en beneficio de ellos. Lo empecé con ese propósito y luego, cuando ya lo había terminado, comprendí que la historia también hablaba de mí. No porque yo hubiese experimentado lo mismo que la protagonista, sino porque en cierto modo se trataba de una advertencia de lo que podía llegar a ocurrirme.

Desde las primeras páginas hay una identificación del narrador con el personaje femenino, una comprensión absoluta que llega intacta al lector.

Y para lo demás, para crear al resto de figuras y desarrollar el argumento, me bastaba con recurrir a todo lo que había observado en casa de mis padres o en la mía. Si de algo sabía entonces, cuando me dediqué en serio a la literatura, era de las familias numerosas, de las discusiones entre cónyuges, de sus problemas para salir adelante, de la mezquindad que surge naturalmente de una existencia difícil.

Yo habría podido escribir un relato como los de John Updike en Donde termina el camino y, sin embargo, en este texto me interesaba ir en otra dirección. No hacia la disolución de una pareja por divorcio, sino hacia la muerte de uno de sus miembros. He ahí lo curioso. Y es que la enfermedad de ella, la certeza de lo que va a sucederle, neutraliza el declive de la relación, sus coletazos crueles y destructivos, y vuelve a unir a marido y mujer abriendo una última aventura para los dos.

Sí, un periodo final de su matrimonio que, en el fondo, no es peor que los anteriores.

Porque, aunque también incluye enfrentamiento, está marcado por un contenido muy preciso, por un proyecto común, por la finalidad de aliviar el dolor de ella en la medida de lo posible. La circunstancia de que esa etapa se alargue en el tiempo permite a la pareja recuperar sentimientos dormidos, hace que rebrote el amor. Éste no es igual que al principio, es un afecto mucho más valioso. Sus ingredientes son una mezcla caótica, son elementos que en teoría se excluyen por incompatibles. Se trata de un cóctel de alta graduación que nadie aconsejaría a nadie y cuyo efecto, sin embargo, es un vínculo bestial que mantiene atadas a dos personas entre sí, más allá de su voluntad y para siempre.

No obstante, con los fragmentos en cursiva intercalados en la narración, los extractos de libros que lee la protagonista, usted introduce una esfera particular de la mujer, un espacio donde queda a salvo de los ataques de él.

Yo quería que las referencias a la literatura que hay en el cuento no fuesen en balde. Quería que esa afición que ella ha intentado cultivar y defender toda su vida adquiriese un mayor significado al final de la misma. Precisamente entonces, cuando el marido le amenaza con vender la casa que han compartido durante décadas, ella se aferra a ese otro hogar donde ha conseguido refugiarse en los momentos difíciles. Así que los libros no son sólo una distracción para ella, sino un bálsamo en la enfermedad, un mundo privado al margen de su marido y, en definitiva, un santuario al que no tiene acceso lo más miserable de la existencia humana.

Es de noche en San Francisco. Ha dejado de llover, pero el aspecto de las calles es más bien otoñal. Antes de despedirme de la señora Olsen, me gustaría preguntarle si el destino de su personaje en este relato le sirvió para preparar su propia muerte.

Oh, ya era muy anciana cuando ocurrió. Había cumplido 95 años. No recuerdo haberme preparado para nada. A esas alturas, ya no pensaba en cosas trascendentes. Y en cuanto a aquel día en concreto, yo estaba sentada en el porche observando a los cuervos. Admiraba su inteligencia y sonreía viéndoles volar.

 

 

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