Peregrinaciones argentinas, Witold Gombrowicz

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Ignacio Lloret

Publicado el 14/09/2018 a las 09:23

Estoy en un café de Buenos Aires. He venido hasta aquí para entrevistar al señor Gombrowicz. Él no nació en Argentina, sino en Polonia, pero vivió en este país más de veinte años y, en todo caso, le dedicó algunos de sus libros, el contenido de los mismos. El que vamos a comentar a continuación es un ejemplo de ello.

 

Necesitaba salir a los espacios abiertos. Descansar un poco de la gran ciudad y recordar que más allá de ella, de sus avenidas y edificios, de su tráfico de automóviles y personas, seguía habiendo un territorio enorme que requería mi atención. Sabía que muchas de las cosas que iba a ver y a vivir no iban a gustarme y, sin embargo, también esa sospecha era algo que yo quería confirmar.

En su recorrido usted se interesa sobre todo por el aspecto humano, por la forma de ser y de vivir de los hombres y mujeres con quienes se va cruzando.

Sí, y quizá en ese punto insistí demasiado en las comparaciones. En comparar al argentino con el polaco, al individuo americano con el europeo. Puede que allí afuera, en la inmensidad casi desierta que atravesé aquellos días, fuese más evidente mi situación. A lo mejor fui más consciente de mi condición de exiliado. Y es que enseguida me sentí lejos de todas partes. No sólo de la capital como único núcleo civilizado en miles de kilómetros a la redonda, sino de toda una serie de ideas, conceptos y paradigmas entre los cuales me había movido y que me habían amparado hasta entonces.

Por otro lado, en esa gira por Argentina se daba una circunstancia curiosa. Ocurría que, de pronto, echaba de menos a la gente. Me topé con extensiones tan deshabitadas que, cuando de repente aparecía alguien, me lo quedaba mirando con estupor, le observaba como a un extraterrestre. Lo paradójico fue que yo había salido de Buenos Aires para escapar del bullicio, de las multitudes, y cuando me vi cara a cara con la Naturaleza en su versión más cruda, empecé a añorar al ser humano.

El lector aprecia asimismo un cansancio en el viajero. Igual que ese turista jubilado que se pregunta a sí mismo qué hace en Iguazú, usted parece no encontrar sentido a tanto desplazamiento.

Por lo que he comentado antes. Pero también por todos esos ratos de tedio y apatía que surgen en un contexto así. Por la capacidad que tiene un camarote viejo o una habitación de hotel para desanimarnos cuando menos lo esperamos. Por la pérdida de la rutina. De esa estructura ordenada de los días que nos permite crear algo valioso. Por el alejamiento de las cosas cotidianas que nos molestan a menudo pero sin las cuales no podríamos vivir.

Y es entonces cuando usted deja a un lado la geografía y los paisajes, las referencias a lo que come o a lo que hace, y se dedica a reflexionar sobre temas como el existencialismo.

Ja, ja. Es verdad que lo cogí con muchas ganas. Tiene que ver con ese agotamiento que hemos comentado, pero también con el propio género del libro, con su espíritu de diario. Al escribirlo, es decir, tiempo después de haber vuelto del viaje, mi cabeza ya había regresado a lo suyo. A sus preocupaciones de siempre. A las cuestiones intelectuales que me importaban en aquella época. Me pareció natural incluirlas en estas peregrinaciones.

Sea como fuere, quiero destacar su estilo. Su manera ágil y desenfadada de narrar. Me ha recordado a su paisano Richard Kapuscinski. En definitiva, hay un momento en que nos da igual el contenido de sus textos, pues disfrutamos con todo lo que usted cuenta.

Le agradezco el cumplido. Yo tampoco soportaba a los autores pesados. Creo que en literatura, tanto en una novela como en un ensayo, en un libro de viajes o en un dietario, pueden tocarse los asuntos más graves o profundos siempre que se aborden con un lenguaje sencillo. Con la máxima claridad posible. El escritor que consigue esa transparencia puede persuadir a sus lectores de lo que sea.

Ya es de noche en la ciudad. Antes de despedirme del señor Gombrowicz, le digo que me habría quedado conversando con él durante horas. Entonces me contesta:

No se preocupe, aquí le espero cuando se muera.

 

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