La novia robada, Juan Carlos Onetti

Publicado el 31/08/2018 a las 09:42
He viajado hasta Santa María para visitar al autor uruguayo. No habríamos podido encontrarnos en otra parte. La ventaja de los escritores que inventan un mundo propio, un escenario imaginario para sus historias, es que cuando mueren disponen de un lugar privilegiado donde descansar y hablar de sus libros.
Pero no es fácil cuando se trata de un conjunto de relatos. Me refiero a conversar sobre ellos. Porque uno acaba diciendo cosas que quizá no sean aplicables a todos los textos. Claro que a cambio de eso, de tener que englobarlos en una serie de comentarios generales, uno puede olvidarse de los argumentos y centrarse en lo esencial. En el espíritu del cuento como género. En el estilo como denominador común.
Al final de este volumen, al lector le queda la sensación de haber estado en un sitio con una atmósfera diferente.
Y eso es lo que yo pretendía. También en mis novelas. Al fin y al cabo, una vez creado ese espacio, el resto era sencillo. A partir de ahí, me bastaba con colocar a unos cuantos personajes y esperar a que se relacionaran entre sí. Dejar que el aire de Santa María los envolviese, desvirtuase su naturaleza hasta el punto de condicionar su comportamiento. En definitiva, más importantes que sus actos son el modo en que se comunican esas personas y la manera indolente en que encajan lo que ocurre.
Pero no debemos olvidar que ese ambiente brumoso y algo viciado, nocturno casi siempre, está construido con lenguaje, con palabras. No surge así como así. Qué elementos eligió usted a la hora de crear ese artificio?
A menudo el autor es el menos indicado para destacar ese tipo de detalles. Porque, además, yo no buscaba expresiones ni términos concretos. Yo me limitaba a seguir mi intuición. Yo intentaba describir de la mejor forma posible las escenas que veía en mi cabeza. No sólo la situación, sino el conglomerado de luces y sombras, de esquinas y rincones, de habitáculos sórdidos en que aquélla tenía lugar.
No obstante, puesto a analizar todo eso de cerca, diría que me ayudaban las oraciones largas, las informaciones incompletas, la premisa de dar prioridad a lo bello sobre lo preciso. Me servía la subordinación constante, una ristra de frases separadas por comas con las que iba contando avatares de un individuo o de varios, acumulando datos sobre su pasado o su presente. Y aunque al principio de cada relato me movía a ciegas, poco a poco iba apareciendo el mood del que hablábamos antes. Sí, siempre llegaba un momento en que lo sabía. Comprobaba cómo esa sucesión de hechos vinculados al destino de alguien había generado de pronto algo más. Había alumbrado un entorno nuevo fuera del tiempo, más allá de los topónimos conocidos. Lo había fundado de la nada como una ciudad que aparece de repente entre la niebla. Había cedido el paso a un estado de ánimo.
Sería absurdo hablar de sus libros sin hacer referencia a los personajes femeninos. Sería injusto comentar estos cuentos sin decir algo de Moncha, de Gracia, de Inés. Pensándolo bien, prefiero que lo haga usted.
No podía concebir la literatura sin ellas. La vida tampoco, pero ese es otro asunto. Es verdad que buscaba el clima que hemos mencionado y, sin embargo, lo necesitaba como un hogar para todas esas mujeres. Para todas esas historias de amor. Y es que para mí se trataba de eso. De contar el nacimiento y el fracaso de esas relaciones. Quería contar cómo la pasión por cierta clase de mujeres, por cierta clase de hombres, no puede durar porque es distinta del resto, porque alcanza una intensidad diferente. Quería contar cómo terminaban. Qué formas de despecho, de resentimiento y de venganza brotaban entonces entre quienes habían vivido algo así.
Amanece en Santa María. En cualquier otro sitio, éste sería el momento de empezar una actividad. Aquí, es la hora idónea para retirarse. Yo voy a hacerlo enseguida, pero antes de despedirme del señor Onetti, me gustaría preguntarle qué le ocurrió a Gracia, qué fue de ella con el tiempo.
Se instaló en el sur de Brasil, cerca de la frontera con Paraguay. Cambió de carácter y, en lugar de retratos suyos, envió a su ex marido fotos de animales salvajes.