La plenitud de la señorita Brodie, Muriel Spark

Publicado el 24/08/2018 a las 15:33
Estoy en un pub del barrio de Leith, en Edimburgo. Es una tarde nublada de agosto. Yo no conocía este lugar, pero he seguido las indicaciones de la señora Spark. He metido los datos en el navegador y he llegado aquí sin problemas. Ahora, sentado enfrente de la escritora escocesa, le agradezco que haya aceptado mi propuesta de hablar de su libro.
Ah, qué lejos queda esta novela en el tiempo. Y más remota aún la época en la que transcurre. Echo de menos a la profesora y a sus alumnas. Sus uniformes de color violeta. Su manera diferente de llevar el sombrero. El árbol bajo el que se sentaban en grupo para recibir las lecciones. Guardo un recuerdo muy vivo de todas ellas. Supongo que eso es una buena señal.
Me parece un acierto el esquema circular que usted utiliza, el modo de abarcar a la vez el pasado, el presente y el futuro.
Hubo críticos que no lo vieron así. Que me reprocharon el recurso de anticipar los acontecimientos. Lo que ocurriría después con los personajes. Pero a mí no me interesaban los hechos por sí mismos. O, mejor dicho, no me interesaba distinguirlos según el momento en que sucedían. No quería clasificarlos de acuerdo con la estructura convencional de planteamiento, nudo y desenlace. Rechacé la idea de que ciertos sucesos fuesen la consecuencia de determinadas causas. Yo buscaba una forma de narrar que recogiese todo dentro de un único discurso. Que alterase el orden cronológico y crease una sensación de eternidad.
Hay un humor fino que recorre todo el libro, que arranca del propio carácter de la protagonista. Entiendo que a usted le convenía ese tono ligero a la hora de tratar un asunto tan serio como la educación.
Sin olvidar el concepto de plenitud. La repetición de ese término a lo largo del texto, tanto por el narrador como por las demás figuras en sus diálogos, aporta ritmo al conjunto y es una especie de leitmotiv simpático que anima al lector. No obstante, mi propósito era quedarme al borde de la ironía, no incurrir en ella. Lo importante es que la señorita Brodie es capaz de reírse de sí misma, de su visión peculiar del mundo. Dispone de un método y de unas ideas propias, pero no las defiende con fanatismo. Actúa con decisión en su labor de profesora, en su afán de instruir a sus discípulas predilectas y, sin embargo, reacciona de buen talante cuando las cosas salen de manera distinta a la esperada.
En todo caso, es verdad que quise dotarla de cierto aire cómico. No me importaba hacerla extravagante con tal de que ella misma fuera consciente de su condición. De ese modo, todo resultaba más fácil. Sí, porque con esa pequeña risa de fondo, la provocada por los modales y las frases de la señorita Brodie, yo, como autora, ya podía propagar sus ideales sin gravedad, sin grandes aspavientos, sin temor a que se tomaran demasiado en serio. Por otra parte, con mi personaje situado en esa clave humorística, también podía ocuparme indirectamente del tema de la educación en aquella época y mostrarme crítica con ella.
Además de eso, se aprecia en su novela un cuestionamiento del elitismo intelectual, del espíritu selectivo, de la formación de una serie de almas elegidas en el entorno que sea.
Claro. Y es que siempre hay decepción al final de ese proceso. Las niñas prometedoras de la Escuela Marcia Blaine no se convierten en las adultas que imaginaba su mentora. Incluso cuando intentan dar prioridad a la bondad, a la verdad y a la belleza, regirse según los principios que les inculcaron en el colegio, la vida acaba imponiéndose con su vulgaridad, con su crueldad o con su indiferencia. Entonces, a esas personas en quienes se ha depositado tanta esperanza, ser felices les cuesta mucho más que al resto de la gente.
Ha empezado a llover en Edimburgo. Ahora las gotas de agua empañan el cristal de la ventana y difuminan la imagen de la calle mezclando siluetas y colores. Antes de decir adiós a la señora Spark, le pregunto qué faltó en la educación sentimental de Mary, Jenny, Monica, Sandy, Eunice y Rose, las alumnas de la señorita Brodie.
La idea de que es posible amar y ser amado sin ser alguien especial.