Sleet, Stig Dagerman

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Ignacio Lloret

Publicado el 17/08/2018 a las 10:29

Estoy en la isla de Vaxholm, al noreste de Estocolmo. Le he pedido al señor Dagerman que nos encontremos aquí en lugar de en su ciudad natal. Yo habría preferido un día de sol y, sin embargo, hoy las nubes cubren toda la costa, sopla un viento frío que llega desde Finlandia. Nos hemos sentado en un café del puerto para hablar de su relato.

 

En aquella época, justo después de la guerra, yo estaba inmerso en la lectura de Faulkner. Muy influido por él. Muy impresionado por su mundo de sordidez y pasiones ocultas, de violencia y sentimientos miserables. En el fondo, quería escribir algo parecido pero ambientado en mi país. Pensé que en el ámbito rural sueco se daban las condiciones para la construcción de historias, para el desarrollo de escenas similares a las del autor norteamericano.

Supongo que usted necesitaba una primera distorsión, y que la consiguió a través de la perspectiva limitada y peculiar de Arne, el niño de nueve años.

Sí, me hacía falta un narrador capaz de ver la realidad de otra manera. Capaz de apreciar la vertiente extraña de las cosas. Mientras el resto de la familia se afana con resignación en la tarea de descabezar zanahorias, el muchacho contempla todo con perplejidad. A ojos de otros observadores, no habría nada extraordinario en el momento. Quizá les sorprendería el aguanieve a mediados de octubre, cierta tensión en el aire motivada por la llegada inminente de la tía abuela desde América, pero poco más. Arne, en cambio, sabe que la tarde es única, que ya no volverá a repetirse ese clima interior entre las personas que conoce.

Su relato adquiere un ritmo especial gracias a la repetición de varios elementos, a la rotación que usted crea alrededor de ellos. Buscó esa melodía desde el principio?

Tiene que ver con mi idea de este género literario. Con mi forma de entender la esencia del cuento. Para mí es una canción que deja hilos argumentales por el camino. Que sugiere destinos entre líneas. El atisbo de cosas que han sucedido y de otras que ocurrirán. De hechos inevitables tanto del pasado como del futuro. En definitiva, se trata de un conjunto de estrofas cantadas cuya letra no se comprende del todo porque no está escrita hasta el final.

En cuanto al compás, lo consigo moviéndome entre la cortadora de paja y el aguanieve de octubre; entre las miradas de los personajes y las inscripciones en la pared del granero; entre el sonido de la separadora de leche y la expectación que despierta en la familia la llegada de la tía americana. Todas esas referencias van alternándose y crean una tensión añadida que desemboca en un clímax.

En cierto modo, yo compongo una partitura y Arne la dirige con su batuta.

Más allá de la estructura, es interesante cómo él va descubriendo la vida en unas pocas horas, cómo se le revelan aspectos profundos del ser humano en un intervalo tan corto de tiempo.

Y lo que yo pretendo es contarlo de una manera indirecta. A través de la percepción de Arne. Quiero lograr dos interpretaciones, la del protagonista y la del lector. Que un mismo hecho, sea la ausencia del padre, el comportamiento del abuelo o el momento en que Alvar e Ingrid son sorprendidos por el muchacho haciendo el amor, se registren de modo distinto en cada caso. Que personaje y lector extraigan su propia conclusión, le atribuyan un sentido diferente.

Ha empezado a llover en Vaxholm. Pronto llegará el último barco y regresaré en él a Estocolmo. Igual que en el caso de otros autores cuyo final trágico recuerdo al despedirme de ellos, ahora pienso en la muerte del señor Dagerman. Pienso en su suicidio a los treinta años y aprovecho la ocasión para preguntarle por qué tan pronto, por qué de repente, por qué justo entonces, cuando acababa de tener una hija y había alcanzado el éxito con sus libros.

Quizá había demasiada responsabilidad. Demasiada atención. Demasiada ansiedad. Puede que no quisiera decepcionar a mi segunda mujer y prefiriese marcharme antes de volver a cometer los mismos errores. Quién sabe. A lo mejor no fui capaz de soportar aquel día de noviembre.

 

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