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Mirabelle, Astrid Lindgren

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Mirabelle, Astrid Lindgren

Actualizada 24/07/2018 a las 09:17
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He viajado hasta Suecia para visitar a la señora Lindgren en su casa de Vimmerby, al sur del país. Es una mañana luminosa de julio. A través de las ventanas del salón, se ven los prados y el principio del bosque que se extiende en lo alto de una colina. Es un placer estar aquí y poder conversar con la escritora sobre uno de sus relatos.

 

 

Me gusta porque es sencillo. Porque tiene lugar en el contexto de una vida reducida a lo elemental. Hay una casa de campo al borde de un camino que conduce a una pequeña ciudad. Hay una familia formada por un padre, una madre y una hija. Hay una ocupación, la venta de verduras, fruta y flores en el mercado, que permite a esas tres personas salir adelante sin pretensiones.

Ese punto de partida contiene los elementos suficientes para una historia.

Claro. Y es que, desde el momento en que la protagoniza una niña, se abre una segunda dimensión para mí como autora, un terreno propicio para el relato, el mundo de los deseos infantiles. Britta es feliz y, sin embargo, su corazón de seis años anhela cosas que no tiene. Aunque sus padres le garantizan lo imprescindible, alimento, cobijo y protección, ella sueña con una muñeca, no puede evitar desearla. Es ahí, en el ámbito que empieza más allá de lo necesario, donde yo quería situar este cuento.

Y supongo que el desafío literario consistía en buscar una forma verosímil de introducir a Mirabelle.

Una manera diferente. Yo debía emplear un recurso que, aun siendo fantástico, mantuviese un pie en la realidad. Algo que arrancase de lo cotidiano, con su raíz hincada en la esfera de lo posible, y que al mismo tiempo penetrase en lo desconocido. En el espacio de la imaginación. La familia de Britta se dedica a cultivar la tierra, de modo que lo mejor era encontrar una solución relacionada con todo eso. Con lo que crece una vez plantado. Con lo que prospera a partir de una semilla. Así es como aparece la muñeca en su huerto. Así es como nace Mirabelle.

Claro que también me hacía falta lo otro. El personaje extraño. Ese día en que Britta se queda sola en casa, llega un hombre viejo en un carro tirado por caballos y le hace un regalo. Pero no es un obsequio cualquiera. Es la promesa de algo que todavía no existe. Esa ofrenda va a requerir la atención y la constancia de la niña. Va a exigir su trabajo. Ahora sabe que, si entierra y riega la semilla tal como le ha indicado el visitante, obtendrá un premio al final de la tarea.

Ella ve cumplido su deseo y usted, por su parte, dota al relato de un trasfondo didáctico, de un mensaje pedagógico.

La idea de recompensa. Porque Mirabelle va a ser fruto del esfuerzo, del primer esfuerzo de Britta. A pesar de que la niña sólo tiene seis años, ya ha observado a su padre lo suficiente como para aprender el oficio que desempeña. Y si de éste surgen coles y lechugas, manzanas y ruibarbos, tulipanes y hortensias, con el agua vertida por la hija crece una compañera de juegos, un ser diferente, alguien del que deberá ocuparse con responsabilidad y cariño.

Hay una faceta de la muñeca que permanece oculta a ojos de los mayores, que sólo existe para Britta.

Su capacidad de comer y de hablar. Su vertiente más humana. Ahí es donde yo soy más exigente con el lector. Ahí es donde pretendo generar en él la duda de si Mirabelle es una muñeca como las demás. Quiero que se cuestione cuánto de ella es invención de su dueña. Aunque el mío es un texto para niños, yo anticipo personajes literarios como Miriam, de Truman Capote, o como el chamarilero en Los crisantemos, de John Steinbeck. En definitiva, acerco el cuento infantil a la esencia del relato moderno para adultos.

Sigue habiendo mucha luz en Vimmerby. Sé que la tarde va a ser larga y que hoy, en esta latitud escandinava, no llegará a anochecer. Sin embargo, es hora de terminar. Antes de despedirme de la señora Lindgren, le pregunto qué cosa querría ver brotar en el jardín. En el de cualquiera de nosotros. En el de todos nosotros.

Un girasol enorme que no dejara nunca de sonreír.

 

 

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