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Daisy Miller, Henry James

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Daisy Miller, Henry James

20/07/2018 a las 09:34
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He vuelto al lago Leman. Es una mañana luminosa de junio. Podría haberme encontrado con el señor James en Nueva York, donde nació, o en Londres, donde vivió, pero he preferido hacerlo en Vevey, la población suiza donde transcurre el principio de la historia de la que vamos a hablar ahora.

 

 

Quería ambientar mi siguiente libro lejos de los escenarios habituales. Irme de vacaciones empleando la escritura. En lugar de viajar de verdad, me hizo ilusión hacerlo por medio de una novela. Coger trenes, hospedarme en hoteles, tomar el té en jardines y pasear por ciudades sin los inconvenientes que trae consigo la realidad.

Y, de paso, enamorarse a través de uno de sus personajes...

Admito que también eso formaba parte de mi plan. También eso me resultaba más cómodo delegarlo en las páginas de un libro. Y es que, qué pereza me habría dado cortejar a alguien como la señorita Miller. Qué desgaste sentimental habría supuesto para mí. Era mucho mejor dejar todo eso en manos de Frederik Winterbourne. Hacer que él la conociese, coquetease con ella, tratara de apartarla de otros hombres y, en último término, de conquistarla antes de que fuera demasiado tarde.

He ahí una de las ventajas de la literatura. Una de las muchas posibilidades que nos ofrece a autores y a lectores. Gracias a la ficción, podemos irnos lejos, adentrarnos en vidas distintas a la nuestra, ser individuos diferentes. No lo logramos siempre, pero es magnífico cuando ocurre. Y lo curioso es que, a cierta edad, cuando ya hemos experimentado muchas cosas en carne y hueso, esa segunda existencia acaba resultando más emocionante que la real.

La protagonista está perfilada con acierto. Es una criatura viva y verosímil. Sus diálogos son brillantes y, a través de ellos, el lector llega a conocerla bien.

Eso era lo principal para mí. Porque el resto lo constituye el impacto del personaje sobre los demás. Sobre quienes pululan a su alrededor. Sobre su madre, su hermano, su guía, sus vecinos y sus amantes. El modo en que la ve cada uno. La forma en que la tratan. El conjunto de prejuicios y convicciones que proyectan sobre la joven norteamericana. Su necesidad angustiosa de catalogarla para poder destruirla después.

Sí, hay una especie de pacto implícito entre todos ellos para eliminar a alguien que les molesta por su libertad, su sinceridad y su gracia. Para quitar de en medio a alguien que pone en evidencia sus ataduras de almas cobardes.

Y yo quise exponerlo con el esquema clásico de la fiesta y el sacrificio. Quise que a lo largo de varios meses y varios países, Daisy se divirtiera y disfrutara de la vida. De las pequeñas distracciones de la juventud. De la admiración que su belleza despierta en otros. Del choque de sentimientos que les provoca.

Mientras ella se entrega a todos esos placeres, continúa la persecución a la que la someten sus allegados. La de quienes pretenden enamorarla, o seducirla, o acompañarla, o corregirla o aleccionarla. Porque el suyo es un verdadero acoso. Y si al principio la señorita Miller se ríe y sale airosa de esa caza gentil organizada bajo el pretexto de las buenas intenciones, más tarde empieza a cansarse del juego. Ya no le ve la gracia al asunto. En ese momento lo único que constata es agresividad. La mediocridad de la gente levantada en armas.

Es entonces cuando le toca pagar por ello, no es así?

Claro. No van a permitirle escapar. No puede terminar indemne. Una vez comprobada por todos la imposibilidad de amaestrarla, de convertirla en alguien como el resto, ya no cabe ningún final feliz para Daisy.

Es mediodía en Vevey. Ahora el sol crea destellos de luz intensa en la superficie del lago. Ha llegado la hora de retirarse. Antes de despedirme del señor James, quiero hacerle una última pregunta. Quiero saber quién era esa hechicera de Ginebra a la que visita Frederik Winterbourne y de quien apenas se cuenta algo en el libro.

Ah, esa mujer. A mí también me habría gustado conocerla. Quizá debería haber vuelto a Suiza para intentarlo. Sí, debería haber regresado allí sin moverme de mi casa de Londres y haber escrito una historia policíaca con ella.

 

 

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