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Tiempo de espera, Elisabeth Jane Howard

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Tiempo de espera, Elisabeth Jane Howard

Actualizada 29/06/2018 a las 10:07
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Me he desplazado hasta Hastings, en el condado de Sussex, para conversar con la autora inglesa. Ella no nació ni vivió aquí, pero ambientó la serie de los Cazalet en esta zona del sur de Inglaterra. Como la mañana de otoño es muy agradable, hemos decidido pasear un rato por la playa mientras hablamos de su libro.

 

 

Me propuse seguir a una familia numerosa a lo largo de los años. Incluir a tres generaciones en un mismo grupo. Escribir la crónica de su vida durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque fue un momento lleno de dificultades, coincidió con mi adolescencia y primera juventud, así que para mí esta novela suponía la oportunidad de volver con la memoria a un tiempo muy querido.

Se nota por su parte un deseo de abarcar a todos, de no olvidarse de nadie.

Quizá sentía un interés especial por este tipo de ambientes. Cierta nostalgia hacia una época en la que todavía eran posibles. Los Cazalet son muchos, pero además tienen a su servicio a un conjunto de empleados que pertenecen al colectivo y a los que les unen lazos de confianza. En definitiva, era ese pequeño universo el que yo quería retratar.

A menudo, cuando un escritor afronta un proyecto así, un cuadro con tantos personajes, traza un perfil muy borroso de algunos de ellos. Yo intenté evitarlo. En mi novela, unos aparecen más que otros, sus escenas y diálogos ocupan más páginas, pero todos tienen la misma importancia. Detrás de eso había una convicción por mi parte. Yo sabía que lo que acaba persuadiendo al lector es precisamente ese segundo plano tan vivo. Lo que le permite creerse la historia es que el nivel de los niños y los animales, los criados y los parientes lejanos de los Cazalet sea tan verosímil como la primera línea, como la de los propios protagonistas.

Otro de los obstáculos habituales en estos libros es la creación de tantos caracteres distintos. En otras palabras, es difícil conseguir que el lector los diferencie.

No lo considero necesario. Ni siquiera hace falta inventar para cada personaje una forma de expresarse. Lo que en último término va a aportar claridad es la tarea o el empeño en que esté metido cada uno. Aunque las jóvenes Clary, Polly y Louise, primas entre sí, puedan parecerse en principio, la actividad que yo les asigno como autora, la situación concreta en que las introduzco, las va a distinguir a ojos de quien lee. Hay un momento en que se sabe que Clary es la aficionada a la literatura, Polly a la moda y Louise la que quiere convertirse en actriz. Los diálogos se acomodan a esos intereses, a esas pulsiones vitales, y a partir de entonces la narración fluye con naturalidad, sin generar mayores dudas.

Ahora bien. Tampoco es grave que haya cierta confusión. No todos los lectores disponen de la misma memoria, de la misma capacidad para recordar nombres. El novelista no puede contar con eso. La calidad de su novela no va a depender de esa clase de factores. Incluso aunque se confunda a las tres chicas mencionadas arriba, basta con que el lector detecte señales de vida en esa esfera, en esa generación, en los confines del relato. Le basta con saber que algo se mueve por ahí, que alguien ocupa ese lugar, que hay unas hijas adolescentes habitando en la casa. Habitando en esa franja del libro. Unas personas cuyos afanes e ilusiones son los propios de quien está a punto de alcanzar la mayoría de edad. Será el contraste entre sus conversaciones y las de sus padres, entre los destinos de unos y otros, lo que en definitiva marcará la diferencia.

Ya es mediodía en Hastings. Ha empezado a soplar una brisa fría en la playa. Sé que la historia de esta familia continúa en otros libros de la señora Howard. No quiero destripar ningún final, así que en vez de preguntarle por el futuro de un personaje, le pregunto por su pasado. Sí, me gustaría saber cómo fue la señora Cripps, la cocinera de los Cazalet, en su juventud.

Durante un tiempo, bailó en un local del Soho londinense. Fueron años muy felices para ella. Luego se rompió la pierna en un accidente y, como no llegó a recuperarse del todo, tuvo que cambiar de profesión.

 

 

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