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Yo acuso, Émile Zola

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Yo acuso, Émile Zola

Actualizada 22/06/2018 a las 10:02
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He viajado a Médan, en las afueras de París, para visitar al señor Zola en su casa. Es una tarde lluviosa de octubre. Como el propio autor vaticinó en vida, hoy se le recuerda y valora por este libro mucho más que por sus novelas naturalistas. La obra conserva toda su vigencia más de un siglo después de haber sido publicada. Por eso la he elegido como tema de nuestra conversación.

 

 

Me alegro de que sea así. De que un alegato contra la injusticia siga siendo actual. Porque casos como el de Dreyfus se darán una y otra vez. En cualquier época. En cualquier país. Cambiarán el entorno y las circunstancias, los matices del asunto y la condición de las personas, pero siempre habrá seres humanos dispuestos a condenar a otros sin pruebas. A partir de prejuicios, de resentimientos o de una ideología enferma que exige víctimas para reivindicarse a sí misma.

Al margen de los efectos directos que pudieran tener los artículos y cartas que conforman el libro, usted los escribió con una necesidad especial, no es así?

Yo ya había colaborado en los periódicos y, sin embargo, en esta ocasión mi respuesta ante los hechos fue diferente. Aunque mi reacción pública se produjo años después de la condena del militar de origen judío, hubo un momento en que ya no pude pensar en otra cosa. Dedicarme a otro proyecto. A partir de cierto día, mi urgencia por intervenir, por enfrentarme a lo inicuo de la situación, por aportar razón y ecuanimidad entre tanto disparate, trastocó mi rutina y alteró mis hábitos de un modo que no había conocido antes.

Por otro lado, descubrí de nuevo la importancia de la palabra impresa. La función del escritor. Me reafirmé en la idea de que, si bien éste no dispone de capacidad para cambiar el mundo, sí tiene la posibilidad de denunciar los excesos del poder. De protestar contra quienes se aprovechan de sus competencias para lesionar injustamente a otros. Comprendí que el poeta debe blandir su pluma en nombre de todos aquellos que, por falta de oportunidad, voz o talento, no van a ser escuchados por nadie.

Supongo que hubo por su parte una especie de relajación en la forma, en el lenguaje. Imagino que su necesidad de comunicar hacía intrascendente cualquier posible preocupación por el estilo literario.

Ése fue un aspecto del que fui consciente más tarde. Cuando regresé de mi exilio en Londres. Durante los años en que escribí los artículos, las cartas y los folletos, no había tiempo para esa clase de reflexiones estéticas. Lo único que contaba era el mensaje. La claridad del mismo. No había margen para lo superfluo. Buscar expresiones bellas habría sido una frivolidad.

Sin embargo, eso no hacía más fácil la tarea. No, porque en la mayoría de estos escritos yo estaba acusando a personas concretas por hechos concretos, debía ser más riguroso que nunca. Aunque no podía detenerme a comprobar la sonoridad de las frases como hacía Flaubert, debía asegurarme de escoger el sustantivo y los adjetivos apropiados. La duda, la breve vacilación previa a cada párrafo que suele experimentar el novelista, no era ahora de carácter artístico, sino ético. Pero es verdad que también estaba en juego mi reputación como escritor. Y así como no me importaba que me reprochasen una determinada postura en relación con el caso, me habría dolido que alguien advirtiese falta de coherencia en mi discurso, o una exposición confusa de los argumentos utilizados por mí en defensa de Alfred Dreyfus.

Ha dejado de llover en Médan. A través de la ventana del salón, se ve un destello de luz en los árboles que no ha habido en toda la tarde. No quiero despedirme del señor Zola sin tratar un tema delicado. Dicen que se asfixió en esta casa debido a las exhalaciones de la chimenea. Ahora, muchos años después del suceso, le pregunto si ésa es la verdad, o si cree que pudo envenenarle alguien.

A menudo, el final de los hombres constituye un contrapunto irónico respecto de la vida que llevaron. A veces, cuanto más intensa ha sido ésta, cuanto más sentido parecía que tenía, más absurda y ridícula es su manera de morir.

 

 

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