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La muerte de Napoleón, Simon Leys

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La muerte de Napoleón, Simon Leys

14/06/2018 a las 11:34
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Estoy en un café de la Grand Place de Bruselas, sentado enfrente del señor Leys. Podríamos habernos citado en Australia, en su país de adopción, pero habría sido un viaje demasiado largo. Después de preguntarle cómo ha encontrado su ciudad natal al cabo de tanto tiempo, le he pedido que me hable de este libro.

 

 

Quería liberar a Napoleón. Sacarle con vida de Santa Elena. Hacer que no muriese en esa isla remota como ocurrió en la realidad, sino en su querida Francia. Quería regalarle una última huida, una última aventura antes del final. Ésa es una de las posibilidades que ofrece la literatura. La de reanimar a los muertos, a los grandes personajes de la Historia, y enfrentarlos a un destino diferente.

Usted crea una confusión positiva en torno a la identidad de Bonaparte. De algún modo, juega con ella a lo largo del libro.

He ahí uno de los temas esenciales de mi novela. La cuestión de quiénes somos. Frente a nosotros mismos y frente a los demás. Por quiénes nos toman. Cómo nos reconocen. Qué rasgos revelan nuestra personalidad. En qué momento dejamos de ser un individuo y nos convertimos en otro distinto. Hasta qué punto es necesaria la identificación del prójimo para poder ser alguien de verdad.

Este asunto, la reflexión sobre el mismo, está detrás de varias escenas del libro. En la elección de un doble para reemplazar al confinado de Santa Elena. En el apodo que usa el grumete para dirigirse a él en el barco que le lleva a Europa. En el episodio de ese sanatorio de París donde el protagonista contempla a unos cuantos internos deambulando por el jardín como espectros.

O también la muerte repentina del doble, que genera en el lector la duda de si se trataba del auténtico Bonaparte.

Claro. Porque, además, ese hecho inesperado complica la misión del fugado. La aboca a un fracaso seguro. A partir de entonces, a mi personaje ya no le servirá de nada salir a la luz, presentarse bajo su verdadera identidad. Es consciente de que la noticia oficial de su fallecimiento en Santa Elena le impedirá cualquier regreso, hará ridículo cualquier intento suyo por seguir vivo como Bonaparte.

El mayor acierto de la novela es cuando Napoleón se pone al frente de la empresa de importación de fruta y demuestra en esa labor su talento ejecutivo. Sin embargo, usted no persevera en esa línea argumental, la deja un poco de lado.

Entiendo a qué se refiere. En lugar de hacerse famoso como emperador, como estratega que vence en batallas e invade territorios, habría podido triunfar como empresario, tener éxito en el ámbito de los negocios civiles. Habría podido lograr otra forma de celebridad, menos sangrienta y más acorde con los tiempos.

Pero, en ese caso, yo habría escrito otro libro, una historia diferente. A mí me interesaba que el héroe lo fuese de otra manera. Que resultaran inútiles sus esfuerzos por reivindicarse a sí mismo, por ser aceptado en calidad del gran estadista que había sido. Yo quería para él un desenlace humilde, un final doméstico. En definitiva, que su mundo se redujese al espacio limitado de cualquier hombre que vive y que muere.

Por eso, la mujer que le acoge en esos últimos meses, apodada el Avestruz...

Sabe quién es, pero no se lo dice. De ese modo, puede retenerlo en su casa, mantenerlo a su lado. Comprende que, de lo contrario, Napoleón continuaría con su plan de reconquista y acabaría marchándose lejos. Así que ella se confabula contra él. Se da la ironía de que el portador del secreto se convierte en víctima del secreto de otros. Y lo que motiva ese engaño, el sentimiento que lo conduce, es el amor.

Atardece en Bruselas. Desde aquí se ve un último resplandor en los confines de la ciudad. El señor Leys parece cansado, es hora de poner fin a nuestro diálogo. Antes de que nos despidamos, le pregunto qué fue del doctor Quinton.

Vivió unos años con el Avestruz, hasta que enloqueció. Entonces ella le vistió con una guerrera gris, chaleco y calzones blancos, botas de jinete, espadín de madera y un sombrero a juego. Sí, le disfrazó de Napoleón y le ingresó en la residencia psiquiátrica que él mismo había dirigido.

 

 

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