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Dublineses, James Joyce

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Dublineses, James Joyce

Actualizada 02/06/2018 a las 11:28
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He vuelto a Dublín después de algunos años. Me he reunido con el señor Joyce en The Celt, un pub musical del centro de la ciudad. Quiero aprovechar el rato que nos queda, antes de que empiece a tocar el grupo de folk, para hablar un poco sobre este volumen de cuentos.

 

 

Me apetecía escribir un libro sobre mis paisanos, sobre mi gente. Un conjunto de historias sencillas en las que yo pudiese recoger sus afanes y esperanzas, todas las pulsiones de su alma. No centrarme en un único personaje como otras veces, sino acercarme a unos cuantos individuos, seguirles en sus andanzas y pequeñas industrias.

Se nota en usted un deseo de acompañarles en sus recorridos diarios, de conocer sus vidas para poder contar después algo de ellas.

Eso es. Como alguien que hubiese pasado un tiempo lejos de todo eso. Quizá porque entonces llevaba años fuera de Irlanda, me hizo ilusión pasear por sus calles a través de los relatos. Coger el tranvía con Mary, la protagonista de uno de ellos, o caminar sin rumbo por Dublín con Lenehan y Corley. Y de vez en cuando, entrar en algún local como éste donde estamos ahora y echar un trago junto a Chandler y Gallaher.

Pero es verdad que desde el principio había una intención mayor detrás de esa compañía. Yo quería escuchar sus conversaciones y entrar en sus pensamientos. Quería averiguar lo que les preocupaba y, sobre todo, cómo se veían unos a otros. Quería describir la manera en que iban formándose sus sentimientos y cómo ellos intentaban gobernarlos en unas circunstancias que no siempre eran propicias.

Y para eso, usted recurre a un lenguaje claro, a expresiones delicadas que el lector agradece y disfruta al mismo tiempo.

Me alegro de que sea así. Necesitaba un estilo sin virtuosismos. Las palabras suficientes para que todo ese contenido mencionado arriba llegase con transparencia. Y es que, además de moverme con los personajes, de compartir sus desplazamientos, yo también debía interpretar sus emociones. Quería mostrar hasta qué punto unas chocaban con otras, en qué medida a ellos les costaba coincidir en un empeño común.

Sí, a menudo el lector está deseando advertirles de su error. Querría decirles que no se ensimismasen tanto y observaran la trayectoria sentimental de los demás.

Porque de ese modo el encuentro sería posible. Así ocurre en la historia de Mrs. Sinico y Mr. Duffy. Sucede que éste no da a las cosas, al devenir de las mismas, la oportunidad que merecen. Si hubiese sido menos severo con sus principios morales, más flexible en la conformación de su vida, habría dejado espacio al amor. Si se hubiese detenido un instante en el umbral de sus convicciones, habría visto cómo Emily avanzaba con paso firme hacia él. Habría comprendido cómo había algo natural y benigno en su decisión de hacerlo.

Pero es verdad que a veces sí se produce la comunión con el otro. En Los muertos, el último relato del volumen, Gabriel sueña con un final concreto para la velada. En el camino de vuelta al hotel, está deseando abrazar a su mujer, transmitirle físicamente la alegría que han despertado en su corazón los excesos de la fiesta. Aunque por un momento cree que Gretta experimenta lo mismo, se trata de una impresión equivocada. Ella está pensando en otra persona, en alguien que la adoró una vez, hace mucho, en una estación diferente. Gabriel se da cuenta y entonces, en una corrección oportuna de sus sentimientos, opta por imaginarse el romance de juventud vivido por su mujer, participa de él con una intensidad parecida.

Ahora, en este pub de Dublín, el cuarteto musical se prepara para el concierto acústico. Mientras el señor Joyce mira hacia el escenario, yo vuelvo a pensar en su libro y en todas las criaturas encerradas en sus páginas. Pienso en Miss Ivors, una de las invitadas a la cena de Kate y Julia. Al cabo de unos minutos, le pregunto al escritor que fue de aquella mujer.

Mantuvo una relación con Gabriel Conroy. Ambos olvidaron las discrepancias políticas que les habían enfrentado y se vieron a escondidas durante meses. Sí, pusieron en práctica lo aprendido, las formas de amar que les habían funcionado a los demás.

 

 

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