Crónicas de motel, Sam Shepard

Publicado el 27/04/2018 a las 09:12
He viajado hasta Sonoma, California, para encontrarme con el autor norteamericano. Por esta región situada al norte de San Francisco anduvo hace muchos años tomando notas para este libro. Ahora, sentado a su lado en el jardín de la bodega Buenavista, escucho lo que me cuenta sobre él.
Entonces acababa de recibir el Premio Pulitzer por una obra de teatro y de rodar una película con Terrence Malick, así que me convenían unas semanas de tranquilidad. Cogí la cámara fotográfica y varios cuadernos, y salí a recorrer los estados del oeste. Desde el Pacífico hasta las llanuras de Texas, desde el Golfo de México hasta las Montañas Rocosas. Decidí observar y conversar con la gente, escuchar las historias que quisieran compartir conmigo, pero no iba con la intención de escribir nada concreto.
Se nota la espontaneidad de sus apuntes. Responden al cariz errático del propio viaje. Supongo que a lo largo de él, usted recogió mucho más material. Qué criterio de selección siguió más tarde?
Me interesaban los destinos personales. Escenas que dejaran entrever el perfil de una vida. La imagen de alguien haciendo algo que no estuviera cerrada del todo. Que sugiriese alguna forma de continuación. Una prolongación hacia adelante y hacia atrás, hacia el pasado y hacia el futuro. Porque sólo de ese modo, yo podía imaginar lo que faltaba y escribirlo después. Podía inventarme por dónde había pasado ese hombre o las razones que le llevarían a otro sitio. Mirándole con detenimiento durante un rato, yo sabría todo eso sin necesidad de averiguar la verdad.
En la mayoría de los textos, usted emplea la primera persona, asume la voz de cada personaje.
Quise apartarme a un lado, olvidarme de mí. No me apetecía ser Sam Shepard contemplando cosas ni adoptar el tono neutro de un narrador omnisciente. Yo deseaba salir de mi cuerpo y meterme en otros diferentes. Convertirme en todas esas figuras a lo largo de las páginas del libro. Me di cuenta de que las comprendía mucho mejor así. Suplantando su identidad. Comprobé que sus motivos se volvían más coherentes desde el momento en que yo empezaba a vivir por ellos. De pronto, su peregrinaje en camión, sus peleas domésticas o su manera de instalarse en el desierto se transformaban en algo necesario, en un golpe de fortuna que me incumbía de verdad.
Un escritor intenta aprovechar todo lo que experimenta, todo lo que le ocurre. Sin embargo, no cree que en esta clase de recorridos es difícil atrapar algo literario?
Sucede con todos los viajes. Hay demasiada fragmentariedad. Hay incluso un exceso de personajes. Por muy extravagantes que sean éstos, por muy peculiares que sean sus vidas, el viajero apenas las roza. Permanece casi todo el tiempo al margen. Queda excluido en cierto modo. Como he comentado más arriba, ese intruso intuye cosas y podría crear figuras novelescas a partir de lo que observa, pero a veces no es suficiente. Falta una especie de raíz. Un anclaje más duradero a un espacio determinado. Una convivencia. Quizá por eso, a menudo el visitante desearía meter a todas esas personas en un mismo motel, en un mismo bar de carretera, y pedirles que habitasen allí durante unos días. Con sus alegrías y sus tristezas. Con sus ilusiones y sus esperanzas. Con sus virtudes y sus defectos. Con su capacidad intacta de generar conflictos. Y que lo hiciesen en presencia del escritor. Por su propio bien. Por el bien de la literatura.
En definitiva, yo también noté esa ansiedad. La que siente el autor al comparar el potencial lírico que tienen muchas de las criaturas del camino con la certeza de que, al final, de ellas no podrá extraerse casi nada aprovechable.
En Sonoma atardece, y ahora un resplandor extraño ilumina los viñedos desde el oeste. A mí esa luz me recuerda a la de Días del cielo, una de las películas en las que colaboró el señor Shepard. Antes de despedirme de él, le pregunto cuál de estas crónicas se habría atrevido a llevar a los teatros del Off Broadway.
Probablemente ninguna. No, porque, en un escenario, lo poético de esas vidas se habría perdido, lo narrativo no habría funcionado y lo dramático no habría llegado a nacer.