La vida de mi madre, Doris Lessing

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Ignacio Lloret

Publicado el 20/04/2018 a las 09:21

Estoy en un parque de Harare, la capital de Zimbabue, sentado bajo una jacaranda. He venido a conversar con la escritora precisamente aquí, al país donde creció, a la ciudad donde vivió durante su juventud. La señora Lessing es autora de varias novelas ambientadas en la antigua Rhodesia, pero yo he preferido escoger este retrato de su madre.

 

Necesitaba escribir sobre ella. Ya lo había hecho de manera indirecta en obras anteriores, pero ahora quería que fuese la protagonista, el tema central de mi libro. Quería comprenderla del todo, aunque fuese de forma póstuma, así que regresé a aquellos años desde un tiempo diferente y los evoqué sin saber lo que iba a encontrarme.

Se nota el esfuerzo que hizo usted por ponerse una y otra vez en su lugar. Supongo que por eso incorporó la doble visión, la de Emily desde Doris y la de Doris desde Emily.

Porque, de ese modo, yo podía ser mucho más justa con ella. Más benevolente con su actitud ante las cosas que sucedían. En un ejercicio que está en la propia esencia de la literatura, yo me metí en su cuerpo y asumí su carácter. Podría haber escrito el relato completo de su vida a través de sus ojos, de su mirada, convertirme en Emily Maude a lo largo de ochenta páginas. Sin embargo, me habría faltado una parte importante. Mi opinión como escritora. La perspectiva de la hija. El acto por el cual una mujer madura recuerda a otra mujer madura. De ahí que también los fragmentos en primera persona, las descripciones y las reflexiones que incluyo en el texto, que suscribo como autora, me parecían esenciales para completar la semblanza de mi madre.

Entiendo. No se trataba de novelar la vida de Emily, sino de contraponerla a Doris. Hacer interactuar a ambas y observarlas mientras tanto.

El doble contenido al que me refiero consiste en que, por un lado, me interesaba analizar la mentalidad de mi madre como un aspecto más de su naturaleza y, por otro, saber cómo me veía a través de su manera de pensar.

En cierto sentido, esta obra es similar a uno de los experimentos autobiográficos de Coetzee, mi colega sudafricano. Si él inventa la figura de un biógrafo que entrevista a un conjunto de allegados del escritor fallecido con el fin de conocerse mejor a sí mismo, yo aprovecho el retrato de mi madre, el repaso somero de su vida, para conocer facetas de mi psique a las que sólo puedo acceder recreándola a ella.

Pero usted...

No, no lo hice de manera deliberada. No fue ése mi propósito. Entonces Coetzee aún no había publicado esos libros. Quiero decir que ahora, contando con el ejemplo de lo que intentó él, podríamos preguntarnos si en el fondo yo perseguía algo parecido, si también andaba tras una forma diferente de indagar en mí.

En todo caso, usted vio desde el principio la oportunidad que el libro le ofrecía de hacer autocrítica.

No antes de empezarlo. Lo intuí cuando ya estaba escribiéndolo. Me di cuenta de que hablar de Emily significaba hablar de sus sueños, de sus esperanzas, de sus decepciones y, por lo tanto, también de su familia. En definitiva, supe que tarde o temprano tendría que hablar de mí. Y lo curioso fue que, aunque había abordado este proyecto literario como un modo peculiar de reconciliarme con ella, de olvidar todos los reproches que le había hecho, al final comprendí que iba a convertirse en lo contrario. En una estrategia para disculparme. En un artefacto narrativo con el que pedirle perdón.

Aún es de día en Harare, pero a esta hora siempre suele refrescar. Sopla viento del sureste, un aire que llega desde más allá de Mozambique, desde las costas del océano Índico. Antes de despedirme de la escritora, quiero mencionar a Michael, su padre. Quiero saber cómo habría sido un libro de Doris Lessing sobre él.

Le habría redimido por medio de una novela. Le habría convertido en el explorador de éxito que nunca llegó a ser. Sí, le habría puesto a buscar oro como hizo en nuestras tierras de Rhodesia, pero esta vez me habría asegurado de que lo encontrara.

 

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