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Estación de libros
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Un debut en la vida, Anita Brookner

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Un debut en la vida, Anita Brookner
Actualizada 06/04/2018 a las 09:40

Vuelvo a Londres unos meses después de mi último viaje. He quedado con la escritora inglesa en Herne Hill, el barrio donde nació. Es una tarde nublada de noviembre. Ya en el salón de su casa, con una taza de té entre las manos, le pido a la señora Brookner que me hable de esta novela.

 

 

Quise hacer un paralelismo entre la realidad y la literatura, una especie de cruce entre el destino de Ruth y el de los personajes femeninos de Balzac, pero creo que no lo conseguí del todo. Ahora, pasado el tiempo, ni siquiera recuerdo por qué. Quizá el libro me condujo por otra parte, hacia otro sitio. Quizá usted, que acaba de leerlo, lo sepa mejor que yo.

La idea no está desarrollada hasta el final. Aunque se menciona varias veces al autor francés y algunos de sus títulos, luego no hay superposición de planos, no hay alternancia entre la narración de la vida de Ruth y la de Eugénie Grandet o Felicitas de Touches.

Es posible y, sin embargo, me sigue gustando la protagonista. Me refiero a que es una figura bien trazada. Y también el mundo que gira a su alrededor. Mi mayor acierto fue la invención de la familia Weiss y de las relaciones que surgen en su seno. La que hay entre Helen y George, entre éste y su amante Sally Jacobs y, sobre todo, la que mantienen aquéllos con la señora Cutler, su cocinera.

Sí, ese personaje es muy bueno. No sólo funciona como lazo de unión entre los demás, sino que sostiene toda la historia.

Me costó contenerla. Una vez definido su carácter, tenía que evitar que se me escapara. Era muy escurridiza y yo, como autora, corría el riesgo de echarla a perder, de desperdiciar su potencial literario. Si yo no estaba atenta, Maggie podía volverse alguien grotesco, una criatura excesivamente cómica. Me interesaba detenerla antes de que llegara allí. Antes de que superase ese límite a partir del cual sería imposible recuperarla.

Yo buscaba una empleada doméstica con la insolencia suficiente como para interponerse entre los padres de Ruth. Capaz de interrumpirles, de llevarles la contraria, de inmiscuirse en sus asuntos. Claro que esa continua injerencia debía ser algo natural. Debía ser aceptada sin protesta por parte de aquéllos. En definitiva, yo quería un elemento extraño y perturbador que, sin embargo, no transformase la novela en una comedia de enredo.

El libro se lee con facilidad. Usted intercala observaciones psicológicas, reflexiones brillantes sin entorpecer en ningún momento el relato.

También eso me importaba. El hecho de no alargar las ideas al margen de la narración, de no convertirlas en digresiones. Lo había aprendido de los grandes escritores norteamericanos. De Hemingway y de Scott Fitzgerald. Porque ellos consiguen insertar juicios sobre el ser humano, sobre la conducta de los hombres, sin abandonar el guión. Pueden decir algo inmenso de un modo escueto. Hasta el punto de que a veces el lector pasa muy deprisa por ahí. Atraviesa esos pequeños fragmentos creyendo que son parte de la trama, de la historia. Los pisa sin darse cuenta, como un niño metido en un charco. Y reacciona con la misma perplejidad. Todavía con los pies en el agua, retrocede y vuelve a esa frase o a ese párrafo que confundió con otros. Entonces sí. Entonces los lee otra vez y comprende que estaba perdiéndose algo valioso.

Lo que más sorprende de su libro es que casi todo sucede a medias, se acaba de forma abrupta o discurre por una vía inesperada. Sea como fuere, me parece un acierto.

Supongo que se refiere a la protagonista en particular. No termina de escribir su ensayo sobre Balzac. Tiene que regresar a Inglaterra cuando más feliz era en Francia. Se casa sin estar convencida y su marido muere de repente en un accidente de tráfico. Quiere independizarse pero se ve obligada a cuidar de su padre. Quizá por eso titulé la novela así, A Start in life. Ruth debuta en muchas cosas, en muchos terrenos de la vida, pero no se instala ni encuentra paz en ninguno.

Hace rato que ha oscurecido en Londres. Desde aquí se distinguen los árboles de la calle a la luz de las farolas. Antes de despedirme de Anita Brookner, quiero preguntarle qué fue de la señora Cutler.

Fue muy feliz en la Residencia Clarence, hasta que una noche se durmió mientras fumaba y murió en el incendio provocado por su cigarrillo.

 

 

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