La rosa, Camilo José Cela

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Ignacio Lloret

Publicado el 30/03/2018 a las 09:49

Estoy con el escritor gallego en Iria Flavia, en el edificio donde se aloja la fundación que lleva su nombre. Me ha parecido el lugar más adecuado para conversar con él sobre este libro, una obra autobiográfica que recoge sus recuerdos de infancia.

 

No quedé satisfecho con el resultado. No me sentí cómodo en ningún momento. Ni durante el proceso de escritura ni más tarde, cuando tuve el volumen en mis manos. Yo había ido tomando notas a lo largo del tiempo, rescatando episodios de mi niñez con el fin de escribir mis memorias. Era algo que me apetecía hacer una vez publicadas mis primeras novelas y, sin embargo, tuve desde el principio la sensación de pisar un terreno extraño.

Sí, hay cierto desorden en el conjunto. En el lector prevalece la impresión de que usted no acaba de decidirse por una forma concreta.

Demasiada improvisación. Por una parte, disfrutaba contando anécdotas, llevándolas al papel, pero por otra era consciente de que no bastaba con acumular batallitas. Quizá por eso me detuve varias veces, interrumpí la redacción en varias ocasiones. En el fondo, en las notas a pie de página donde hago referencia a las fechas, hay una intención de recapitular, de poner orden, de contenerme. En esos instantes, yo dudaba de lo que estaba haciendo, de la prosperidad literaria de todas esas vivencias, me preguntaba en silencio por el camino a seguir.

Hacia la mitad del texto, cuando usted introduce un capítulo en cursiva, parece que va a alternar las escenas y los diálogos con un registro distinto, con una especie de elipsis, pero luego eso se queda en un fragmento aislado.

Es cierto. Podría haber combinado otros saltos en el tiempo, nuevas reflexiones sobre la infancia, con la parte principal. Hice algo similar en Pabellón de reposo, el libro que escribí sobre mi experiencia en el sanatorio de tuberculosos.

Ahora, con la perspectiva que dan los años, pienso que me precipité al publicar La rosa. Por algún motivo, me impuse a mí mismo la tarea de sacar todas esas historias a la luz. Es verdad que me agradaba recordarlas. Necesitaba hacerlo antes de que se me olvidaran. También quise rendir un homenaje a las personas que me habían rodeado durante esa primera etapa de la vida. Todo eso es cierto y, sin embargo, no son argumentos que valgan desde un punto de vista literario.

Hoy abordaría la obra de otro modo. Convertiría las anécdotas en relatos completos. Partiría de lo verídico, de todos aquellos pequeños sucesos en Iría Flavia y en Tuy, para conseguir un volumen de narraciones con una forma concreta. Con un estilo propio. Lo real me serviría de punto de arranque, me daría el impulso suficiente para sumergirme después en el mundo de la ficción, que es donde yo me sentía de verdad a mis anchas.

En cualquier caso, usted no sólo hace reír al lector una y otra vez, sino que es capaz de conmoverle unas líneas más tarde con una observación o una descripción poética.

Ya me había funcionado en Viaje a la Alcarria y en La colmena. Me refiero a ese cambio repentino de tono. Yo había comprobado que podía lograr una transición inmediata entre lo cómico y lo trágico. Sabía que incluso a quien acababa de soltar una carcajada en un pasaje divertido no le costaba esfuerzo emocionarse con una escena diferente. Acompañarme en el recuerdo doloroso de alguien que había muerto antes de tiempo. Yo podía llevarle en unos segundos desde una travesura de niño hasta un instante melancólico. En definitiva, ya había aprendido que reírse es a menudo el mejor entrenamiento para poder llorar.

Ya es casi de noche en el interior de Galicia. Están a punto de cerrar el museo Camilo José Cela. Conociendo la necesidad que tuvo siempre de reinventarse como autor, de buscar nuevos desafíos literarios, quiero preguntarle qué clase de libro habría escrito en estos días.

Un poema épico. Una canción larga con un lenguaje que nadie hubiese empleado antes. Una historia que las personas cantasen en familia, junto al fuego, y que luego recordaran en la cama mientras fuesen durmiéndose. Y en ella hablaría de ti y de mí y de nosotros, de un puñado de cosas sin importancia.

 

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