Réquiem por un campesino español, Ramón J. Sender

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Ignacio Lloret

Publicado el 23/03/2018 a las 18:25

Me encuentro con el escritor aragonés en Chalamera, el pueblo de Huesca donde nació. Es una mañana luminosa de noviembre. Visitamos juntos la ermita de Santa María y a continuación nos sentamos en un pequeño muro que hay en el jardín. Después de contemplar un rato el paisaje, le pido al señor Sender que me hable de su libro.

 

Es un relato largo antes que una novela. Su estructura y su ritmo son los propios de ese género. Ambos aspectos requerían una extensión contenida. Si hubiese cien páginas más, el lector no se llevaría la misma impresión, la sensación de estar escuchando una balada. Lo que yo me propuse entonces fue cantar una historia.

Sí, ese efecto está logrado. Por una parte, hay un vaivén hacia adelante y hacia atrás, entre dos planos temporales distintos. Por otra, el romance intercalado es un estribillo que acompaña a todo el texto.

Proporciona musicalidad al conjunto y al mismo tiempo añade datos, cuenta las cosas de un modo diferente. También ese doble discurso fue algo deliberado. Yo quería contraponer los recuerdos de Mosén Millán al poema épico recitado por el monaguillo. Quería que la vida de Paco el del Molino se narrara a través de diversos registros. Quería que hubiese una distorsión creciente en la narración de la misma. Porque, en definitiva, puede distinguirse entre los hechos reales, los que recuerda el sacerdote, los que recoge el romance compuesto por la gente del pueblo y los que selecciona el muchacho al declamarlo de memoria.

Usted ha mencionado los distintos registros, pero también puede hablarse de distintas velocidades. Me refiero a que los versos adelantan acontecimientos, anticipan lo que va a ocurrir, y de esa forma crean una intriga adicional.

Desde el principio se intuye cómo va a terminar todo y, sin embargo, eso no le resta al libro tensión narrativa. Más bien al contrario. Aun deduciendo que Paco va a acabar mal, el lector está deseando conocer los detalles. Y la curiosidad por saber de qué manera cae en desgracia el protagonista se ve incrementada por esa asimetría en las intensidades. El romance se centra en las últimas horas del personaje, pero al ser fragmentario, al contar sólo una parte de los hechos, genera una ansiedad positiva en el lector, de manera que éste necesita seguir leyendo el relato de Mosén Millán para poder completar la historia.

La suya es una novela sobre la Guerra Civil. Qué le atraía de ese tema a nivel literario?

Como he sugerido más arriba, me interesaba la forma de contar antes que el argumento. En aquella época, ya había leído unos cuantos libros sobre la contienda española y no me convencía casi ninguno. Quizá porque el suceso histórico era aún muy reciente en el tiempo, la mayoría de esas obras cometía el error de obsesionarse con el trasfondo político, con la cuestión ideológica. Casi todas descuidaban el aspecto estilístico. Puede parecer frívolo y, sin embargo, no olvidemos que la literatura es un arte y que como tal debe responder en primer lugar a criterios estéticos. A la hora de juzgar la calidad de una novela, la belleza va a prevalecer siempre sobre la verdad. En literatura, es cierto lo que es bello y es bello lo que nos emociona.

Así que no me conformaba con aportar otro título a esa estantería temática. Yo aspiraba a escribir un libro que, siendo sencillo y poético, reflejase las cosas tal como fueron. Mi ilusión era que, una vez leído, ya no hubiese necesidad de ahondar en el asunto. De insistir en él con otros textos. De acumular avatares, anécdotas o episodios documentados. Quería que mi relato bastase por el hecho de contener en sus páginas todos los relatos posibles sobre lo mismo. Yo deseaba que esa lectura volviese superfluas todas las demás.

Ya es mediodía en Chalamera. Ahora sopla con más fuerza el cierzo de otoño, un viento frío que llega hasta aquí desde el río Cinca. Mientras andamos de la ermita al centro, yo me dirijo de nuevo al señor Sender y le pregunto qué echaba de menos de este lugar cuando vivía en Estados Unidos.

Las casas viejas. Los espacios vacíos y en ruinas, con mucho más pasado que futuro.

 

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