Confesión, Lev Tolstoi

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Ignacio Lloret

Publicado el 16/03/2018 a las 08:44

Me encuentro con el autor ruso en la estación de Astapovo, el lugar donde murió. Es una tarde calurosa de septiembre. Desde el andén abandonado donde estamos sentados, se oye el silbido del viento y el canto de los pájaros que habitan en los bosques de la zona. Habría podido preguntar al señor Tolstoi por muchos otros libros, pero, teniendo en cuenta que está muerto, me ha parecido más interesante hablar sobre la obra en la que relata cómo descubrió la fe.

 

La concebí con el propósito de que fuese el prefacio de un tratado. Se convirtió en el prólogo de mi Crítica de la teología dogmática y, sin embargo, prefiero que se publique de forma independiente. Sí, porque estas páginas bastan para explicar mi búsqueda de entonces. La angustia del principio. Las fuentes de sabiduría a las que acudí. Las dudas que fueron apareciendo a lo largo del camino. Las conclusiones a las que llegué con el paso del tiempo.

Aunque, como usted mismo dice, el texto pretendía ser el preámbulo de un ensayo, también puede leerse como una especie de autobiografía.

Es cierto. Al fin y al cabo, lo que impulsa a un escritor a contar su vida no es la necesidad de recordar hechos o avatares, logros o distinciones, sino el deseo de entenderse a sí mismo. Mi libro va en esa dirección. Se propone hacer un recorrido por la que fue mi principal inquietud, hallar el sentido de todo lo que emprendía. Yo habría podido ilustrar cada episodio con una experiencia concreta, identificarlo con un sitio o con unos años en particular, pero eso no habría cambiado nada. Quiero decir que, por mucho que hubiese puesto ejemplos, la esencia habría sido la misma. Lo único que me habría importado de verdad habría sido seguir la pista de las consultas que hice, de los testimonios que escuché, de las certezas que obtuve. El resto se habría quedado para siempre en el orden de lo anecdótico.

De algún modo, el suyo fue un viaje de ida y vuelta. No cree que su indagación espiritual le devolvió a la fe inocente de la infancia?

Recuperó parte de ella, pero era algo distinto. Tenía que serlo. Ahora yo era un escritor, un intelectual acostumbrado a leer las ideas de otros, a no conformarme con cualquier respuesta, a revisar a fondo lo que para muchos eran firmes convicciones. Así que debía analizar con calma los fundamentos de esa fe. Debía agarrarla con una mano, sujetarla con cuidado como a un pez pequeño, y al mismo tiempo inspeccionarla con la mirada de un hombre maduro. Debía repasar las palabras de los teólogos, comprender el origen de esas creencias inculcadas al pueblo que también habían dejado poso en mí. En definitiva, yo estaba dispuesto a que mi alma prescindiera de la razón, pero a cambio de que me ofreciera un relato coherente.

A eso se refiere usted al final del libro cuando habla de separar las mentiras de las verdades en los confines de la doctrina de la Iglesia?

Supongo que sí. Ése fue mi objetivo a partir de entonces. La tarea que me planteé de cara a los años que vendrían. Y no iba a ser fácil establecer esa diferencia. No, porque un novelista tiene una visión distorsionada de muchas cosas. Para él hay una correspondencia natural entre lo verdadero y lo falso y lo real y lo imaginario. Para alguien que inventa historias y que se esfuerza por hacerlas verosímiles, la verdad es aquello que cree el lector. Es el destino de un personaje. Es su tristeza o su alegría siempre que esos sentimientos surjan en el corazón de una criatura viva.

De manera que yo no era la persona indicada para detectar la parte mentirosa de las Escrituras. Hubo un momento en que fui consciente de eso. Al principio me desanimé. Luego ya no. Luego pensé que me dejaría llevar por ellas, por su aire mítico, y que salvaría sólo lo que tuviese valor literario.

Anochece en Astapovo. Ahora se oyen ruidos de otra clase de animales. Es hora de marcharse. Antes de despedirme del señor Tolstoi, le pregunto si sus hallazgos espirituales le dieron serenidad al morir.

Bueno, ocurrió algo curioso. Era tan feliz en aquel instante que me habría quedado en el mundo un poco más.

 

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