Lady Susan, Jane Austen

Publicado el 16/02/2018 a las 11:01
Me he desplazado hasta Langford, en el condado de Bedfordshire, para visitar a la autora inglesa. Es una tarde soleada de octubre. Tengo curiosidad por escuchar lo que me cuenta acerca de esta novela epistolar que escribió con apenas dieciocho años.
Era tan joven entonces. Aún no habíamos cambiado de siglo. Tenía tanta necesidad de expresarme. Quizá por eso empecé con una historia corta, con esta especie de entretenimiento. Disfruté inventándome a la protagonista a partir de mujeres que había conocido, verbalizando todo ese entramado de pequeñas hipocresías que había observado entre quienes me rodeaban. Pensé que era mucho más saludable ser Lady Susan en la literatura que en la vida real.
Usted reproduce con acierto las mentalidades y temperamentos de los personajes. Parece que no le costó mucho ponerse en el papel de cada uno.
Y, al hacerlo, me di cuenta de que para ello no es necesario cambiar de lenguaje. A menudo, en este tipo de libros narrados en primera persona, desde diversos puntos de vista, el lector espera encontrar diferencias en la forma. De algún modo, quiere distinguir entre las voces. Luego, ya no. Luego, si el argumento funciona y él avanza en la lectura, se deja llevar por el relato y ya no echa nada de menos. Hay un momento en que ya reconoce a los personajes por su carácter y por sus afanes, y eso le basta para individualizarlos.
He ahí una de las cosas que aprendí gracias a esta novela. Comprendí que el escritor no es ningún ventrílocuo, ningún showman de feria. El autor no es un imitador de acentos, sino una versión narrativa, emocional del abogado. Es alguien capaz de defender los intereses sentimentales de cualquier individuo, por muy odioso que sea. Como dijo mucho después de mí Albert Camus, el buen novelista debe lograr que todas sus criaturas literarias tengan razón a ojos del lector.
Usted cuenta la historia por medio de cartas, pero en ocasiones el libro pide un segundo registro. Me refiero a las escenas de diálogo reproducidas por algunos personajes.
Sí, ahora habría resuelto esa cuestión de otra manera. Habría creado un plano puramente narrativo, una parte contada en tercera persona. De ese modo, habría escapado también a la monotonía que genera a la larga el formato epistolar.
A menudo ocurre que el escritor, sobre todo si es joven, se plantea desafíos formales que nadie necesita. Quiere demostrar destrezas que nadie le reclama. En la arrogancia propia de esa edad, yo me propuse narrar todo sin salirme de ese esquema de correspondencia escrita entre personajes. No lo había inventado yo y, sin embargo, estaba convencida de poder llevar ese subgénero a cotas nuevas. Entonces, pasado el tiempo, una comprende que no se trata de eso. Que el virtuosismo va con frecuencia en detrimento de la calidad. Que en literatura, en los confines del relato, la vida empieza a latir en el momento menos esperado. En los episodios más torpes. Surge de un instante de imperfección no previsto por el autor.
En todo caso, la interpelación directa al destinatario de cada carta es una ventaja para el novelista a la hora de expresarse, permite una comunicación más fluida.
Estoy de acuerdo. Creo que la persona que está al otro lado es un estímulo muy grande para quien escribe. Incluso al principio del libro, cuando las figuras aún no están perfiladas, el hecho de dirigirse a otro, a un receptor con nombre y apellido, supone un acicate para contar. En la soledad de mi habitación, yo me imaginaba a la señora Vernon, o al señor De Courcy, o a sir Reginald. Los veía callados, escuchándome, esperando mis cartas, aguardando mi versión para poder dar la suya, y eso bastaba para que la historia brotase.
Anochece en Langford. En el jardín de la señora Austen, el viento frío de otoño sopla ahora con mayor intensidad. Antes de levantarme y despedirme de ella, quiero preguntarle algo más. Quiero saber cómo fueron los últimos años de lady Susan.
Alguien podría pensar que envejeció sola y abandonada por todos, pero no fue así. Fiel a su naturaleza, se adaptó al espíritu de cada época. A fuerza de fingir bondad y generosidad cuando el entorno se lo exigía, acabó desarrollando esas virtudes. Las cultivó como si las hubiera tenido siempre.