Una habitación propia, Virginia Woolf

Publicado el 09/02/2018 a las 09:49
Me he citado con la escritora inglesa en Lewes, en el condado de Sussex, a orillas del río Ouse. Éste es el lugar donde se suicidó. Nos hemos sentado en un banco bajo los árboles y durante un rato hemos contemplado el agua en silencio. Ahora me vuelvo hacia ella y le pido que me hable de este ensayo tan delicioso.
Fue la transcripción de unas conferencias impartidas en 1928 en la Sociedad Literaria de Newham. Yo no tenía intención de convertirlas en un libro, pero mi marido era editor y me dijo que la publicación era otra forma de sacar provecho de aquellas sesiones. A mí me pareció bien, pues recordaba haber dicho cosas interesantes y me daba pena que sólo permanecieran en la memoria de las personas que me habían escuchado entonces.
Visto el asunto con la perspectiva de los años, pienso que el libro se lee con facilidad y que muchas de las ideas expuestas en él siguen siendo válidas a pesar del paso del tiempo. Además, creo que el título es bonito y que recoge con acierto el tema de fondo.
Usted traza un recorrido por la literatura británica de los últimos siglos, pero supongo que no pretendía ser demasiado exhaustiva.
No. Yo no era profesora ni académica. Lo que buscaba era explicarme a mí misma una serie de hechos. Un conjunto de realidades relacionadas con las autoras de mi país. Quería saber por qué habían sido tan pocas, cómo había sido su educación y sobre qué habían escrito. Quería demostrar con ejemplos cómo el mundo de los sentimientos femeninos apenas había sido tratado en las novelas. Quería probar cómo los hombres habían fracasado al intentarlo y en qué medida las mujeres se habían equivocado al escoger en sus obras argumentos propios de aquéllos.
Hay cierta contradicción en algunas de sus tesis. Y es que, no consiste la narrativa de ficción en un gran ejercicio de empatía, de colocarse en la piel de otros a través de los personajes? Si admitimos eso, los novelistas que usted menciona no deberían haber tenido problemas a la hora de reflejar el universo femenino.
La mayoría no sentía la necesidad de meterse en un cuerpo ajeno. No se concebía la literatura en esos términos. En las épocas anteriores a la mía, se escribían sobre todo poemas y obras de teatro. La novela, que habría sido el formato idóneo para abordar esas cuestiones, para practicar el ejercicio de disfrazarse del prójimo, era todavía un género reciente. En cierto modo, los autores aún no habían dicho lo suficiente sobre la guerra, la política, la honra, el honor o las traiciones familiares como para empezar a preocuparse de otras cosas.
Pero...
En todo caso, en este libro yo no me propuse analizar lo que habían hecho ellos. A mí me interesaban las escritoras. Quise remontarme a otros siglos y, teniendo en cuenta las circunstancias históricas y sociales de cada uno, comprobar qué obstáculos se habían encontrado aquéllas a la hora de desarrollar su vocación. Hice un repaso superficial de los conatos frustrados. De los arranques interrumpidos. De todas las voces que habían callado prematuramente. Seguí la pista hacia adelante, hacia el futuro, hasta dar con un primer esqueleto entero. Con la primera escritora libre. Con un primer testimonio escrito que respondiera a la psicología y a la estética femeninas, capaz de emocionar a una mujer.
Me gusta el lenguaje y el tono que utiliza. No hay acritud en ningún momento. Hay humor y, sobre todo, el deseo de ser poética incluso a través de un ensayo.
Y también quise ser positiva. Me parecía importante que tanto la conferencia como su versión escrita terminasen con un mensaje de ánimo. De optimismo hacia lo que llegaría a partir de entonces. Estaba ansiosa por decir a mis compañeras de oficio que perseveraran en su empeño, que no renunciasen a su maravilloso afán.
Ahora oscurece en Lewes. Mientras yo me distraigo mirando la copa de los árboles, la señora Woolf se levanta y se dirige al río. Al cabo de unos segundos, me doy cuenta de lo que va a hacer. Trato de impedir que vuelva a meterse en el agua, que se ahogue como aquel día de 1941, pero sé que no podré evitarlo.