Las inquietudes de Shanti Andía, Pío Baroja

Publicado el 02/02/2018 a las 14:56
He quedado con el escritor vasco en Deba. He elegido este sitio porque su novela se desarrolla en un pueblo parecido, en una localidad de la costa llamada Lúzaro que el autor se inventó para no mostrar su preferencia por una en particular. Ahora, mientras contempla el Cantábrico desde el paseo marítimo, el señor Baroja me habla de su libro.
Fue una manera de dar la vuelta al mundo sin moverme de casa. Nunca viajé tanto como entonces. Nunca me sentí tan intrépido como cuando escribí las aventuras de Shanti. Mi sensación fue tan intensa que en los años siguientes noté un cansancio diferente, nostalgia hacia un tiempo que en realidad no había vivido.
Así que la novela fue más bien un desahogo. Me dejé llevar por la imaginación en mayor medida que otras veces. Quise saber hasta dónde me conducía. Hasta qué punto podía tirar de ella sin que el argumento se resintiese o la historia empezara a perder verosimilitud. Disfruté mucho con la experiencia.
El lector advierte esa relajación en el autor. Constata una ausencia de pretensiones literarias que, en definitiva, acaba beneficiando al texto.
He ahí una de las cosas que había aprendido del oficio. Me refiero a la forma de hacer literatura. Ya sabía que el único modo de lograrlo era evitando la rigidez, descuidando la sintaxis, desordenando la narración. Sabía que cierta torpeza en el discurso generaba una impresión de autenticidad que me interesaba. Porque quien cuenta algo que ha visto, algo magnífico, cree en ello con mucha convicción y está deseando compartirlo con otros. Entonces se precipita al narrar, se tropieza una y otra vez con las palabras, y el resultado es un relato lleno de vida.
No obstante, hay acumulación de acontecimientos y se repiten algunas informaciones. No cree que habría podido contenerse un poco en ese sentido?
En aquella época, yo escribía tanto que apenas volvía sobre los textos, pensaba sólo en el siguiente. Me aburría releer lo ya terminado, me daba pereza introducir cambios en un libro. En lugar de mejorar esa primera versión, empezaba una nueva historia y procuraba evitar en ella los errores que hubiese cometido en las anteriores.
Por lo demás, en esta novela me daba igual lo que ocurriese. Lo que tuviese que vivir Shanti. El destino al que le llevasen sus inquietudes. No sólo en el aspecto geográfico, sino en relación con las tribulaciones que se veía obligado a afrontar. Yo buscaba otra cosa. Quería perfilar su carácter, definir su personalidad a través de unas cuantas acciones de juventud, unos pocos diálogos y una determinada actitud. Una vez distinguida su naturaleza, construido el hombre, ya no me importaba la trama. La sucesión de hechos o de anécdotas. Para mí, era como educar a un hijo. Si lo hacía correctamente, podía desentenderme de lo que le sucediese más tarde, pues él ya sabría manejarse gracias a los principios y valores adquiridos.
Aparte del protagonista, también son un acierto las descripciones del mar y el conflicto de los dos Ugarte, la confusión entre los nombres. Quizá este último asunto podría haber dado más juego.
Es posible. En todo caso, ésa era otra de mis certezas como escritor. Entonces ya tenía claro que la búsqueda de un personaje extraviado es uno de los grandes temas de la literatura. Todo el proceso que da pie a ello. Ese ciclo de capítulos que arranca con una serie de rumores sobre alguien, que continúa con los interrogantes sobre la suerte corrida por él, y que termina con un encuentro peculiar.
Y en esa indagación no deben faltar ciertos elementos. Las pistas falsas. Los caminos equivocados. Los testimonios incompletos. La usurpación de la identidad. Sí, yo me propuse aprovechar todo eso sin convertir el libro en una novela de género.
Está anocheciendo en Deba. Desde aquí se ven las luces de los barcos y el destello de un faro en el horizonte. Ahora que estamos solos y no nos oye nadie, le pregunto al señor Baroja en qué lugar de la costa pensó al inventar Lúzaro. Al principio parece que va a responderme, porque se gira hacia mí y mueve ligeramente una mano. Luego ya no. Luego abre la boca y bosteza como un niño con sueño.