El diario de Anne Frank, Anne Frank

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Ignacio Lloret

Publicado el 26/01/2018 a las 09:39

He venido a Amsterdam a visitar a Anne en la casa de la calle Prinsengracht donde se escondió con su familia durante dos años. Es una mañana de principios de agosto como aquella de 1944 en que les detuvieron. Después de enseñarme todas las dependencias y de explicarme cómo transcurrió su vida en este lugar, Anne me habla de su libro.

 

Es un consuelo saber que lo han leído millones de personas. Es un milagro el hecho de que algo escrito en unas condiciones tan adversas, tan lejos de todo y de todos, haya llegado a tantas manos. Es una alegría comprobar cómo una tarea que parecía sólo una distracción ha resultado al final tan fructífera.

Usted adopta el formato de carta. Fue más fácil abordar el diario de ese modo?

Necesitaba dirigirme a alguien. Me hacía falta un interlocutor nuevo, libre de prejuicios, capaz de entenderme. Kitty no sabía nada, no conocía el mundo, era el destinatario ideal para esta clase de correspondencia. Su ignorancia equivalía a una página en blanco donde yo podía verter mis pensamientos, expresar mis temores o transformar en historias los pequeños sucesos que tenían lugar entre nosotros, en los confines de nuestro encierro. Me convenía la inocencia de una amiga diferente, así que inventé esa figura, convertí a mi diario en personaje. Creé a alguien dispuesto a escuchar y a aprender poco a poco a partir de lo que yo le fuese contando.

Una de las cosas que más impresionan al lector es el cambio que experimentó usted a lo largo de aquellos dos años. Mejor dicho, la transparencia con que se aprecia ese cambio en las páginas del libro.

No fue algo deliberado. No forcé mi relato para producir un efecto concreto. Me limité a confiar a Kitty lo que sentía entonces. Lo que me preocupaba de verdad. Lo que deseaba en silencio. Y cuando esas confidencias se hacen semanalmente y a la edad en que se pasa de la infancia a la pubertad, es lógico que el texto acabe reflejando el crecimiento mental de quien escribe.

Por otra parte, la intensidad de las relaciones a la que nos obligaba nuestra situación, la precariedad material y la amenaza permanente de lo que podía ocurrirnos hicieron que mi evolución como persona fuese mucho más rápida de lo común. En definitiva, el cautiverio aceleró un proceso natural que en otras circunstancias habría durado mucho más tiempo.

Incluso podría afirmarse que toda la existencia humana cabe en ese periodo, queda recogida en él. Es decir, usted vivió tanto como otros hombres pero de forma más concentrada.

Sin duda. Y es que la peculiaridad de nuestro destino nos llevó a experimentar todas las emociones posibles. Provocó la aparición de un universo autónomo. Un microcosmos de criaturas cuyos rasgos y pulsiones eran representativos de todo lo que había fuera, de todo lo que empezaba más allá.

Sí, creo que la chica de quince años que fue detenida en 1944, enviada primero a Auschwitz y más tarde a Bergen-Belsen, ya era una mujer madura. Ya había conocido la alegría y la tristeza, el miedo y la esperanza, la amistad y el amor. Ya había accedido al alma humana y era consciente de sus miserias y contradicciones, de sus debilidades y grandezas. Ya se había estudiado a sí misma, sabía dónde terminaban sus fuerzas y de lo que era capaz su corazón. En definitiva, ya poseía esa mezcla de serenidad y melancolía que sólo se obtiene cuando se ha vivido lo suficiente.

Antes ha mencionado el amor. No le parece que su relación sentimental con Peter, el adolescente con el que compartió refugio, es también un paradigma de todas las que usted no llegó a tener, de todas las que pueden darse?

Porque fue un recorrido completo. Porque, después de atravesar distintas etapas, los episodios de dependencia y necesidad, de idealización y deseo, dejó paso a otra cosa, desembocó en algo más duradero. En una especie de revelación. En la reafirmación de mí misma. En la evidencia de no ser nadie más. En la certeza de no tener que ser otra ni diferente para ser feliz.

Ahora es mediodía en Amsterdam. La luz de verano ilumina todas las estancias de la casa. Anne y yo nos hemos callado para disfrutarla. Al cabo de unos minutos, me levanto y, cogiendo sus manos en señal de despedida, le pido perdón. No porque me sienta culpable, sino porque alguien debe hacerlo en nombre de quienes lo fueron.

 

 

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