El silencio blanco y otros cuentos, Jack London

Publicado el 19/01/2018 a las 11:09
Me encuentro con el escritor estadounidense en San Francisco, en uno de los muelles del puerto. Estamos sentados encima del pretil, mirando hacia la bahía. Es una mañana ventosa de septiembre. Después de escuchar algunas anécdotas de su infancia en la ciudad, le pido al señor London que me hable de sus relatos.
Me alegro de que se hayan recogido en distintos volúmenes. Cuando yo vivía, aún estaban dispersos en revistas y periódicos, perdidos en diferentes archivos. Ahora, quien quiera leerlos podrá hacerlo de una forma más cómoda, sin tener que seguir su pista.
En cuanto a los textos en sí, me gustan sobre todo los ambientados en el norte. En las regiones montañosas del Yukón. En los bosques de Canadá. En las estribaciones del Círculo Polar Ártico. Creo que en ellos consigo esa tensión narrativa propia de las grandes historias.
Se nota que usted conocía bien el terreno. Que se movía por un territorio familiar. No sólo en sentido geográfico, sino en relación con las tribulaciones que sufren los hombres en esos lugares.
Yo los había explorado en mi juventud. Había vivido junto al río Klondike, al este de Alaska, durante la fiebre del oro. Allí había una lucha permanente con el ecosistema. Allí la Naturaleza se mostraba intratable, nos obligaba a existir en condiciones extremas. Lo curioso era que, a pesar de esa evidencia, nosotros volvíamos a subestimarla una y otra vez. Subía unos grados la temperatura, llegaba una estación más benigna, y nos olvidábamos de todo lo que habíamos padecido en invierno.
Quise escribir sobre eso. Sobre la pelea sorda entre el ser humano y el espacio que habita. Sobre el modo en que actúa alguien enfrentado a una situación difícil, cuando sólo intenta salir adelante. Quería averiguar qué piensa en esos momentos, a qué se reduce su esquema mental, así que me inventaba relatos para saberlo.
En la descripción de esas escenas hay una gran precisión. La sucesión de detalles, la manera paulatina en que el personaje va perdiendo posibilidades de supervivencia genera una angustia creciente.
Ahí reside la esencia de mis cuentos. En los instantes donde nace la adversidad. En los minutos en que se tuerce el destino de la persona. El lector intuye que las cosas van a acabar mal, que el final va a ser aciago y, sin embargo, se agarra a un hilo de esperanza con la misma fe que el protagonista. Era eso lo que yo trataba de lograr. Una identificación absoluta del lector. Una subrogación completa en el cuerpo del hombre a la intemperie. Quería que el lector encendiera un fuego con la mano temblorosa del hombre del relato. Que notara los pies entumecidos como él. Que maldijera como él al hundirse hasta la rodilla en un hoyo helado. Que mirase al perro que le acompaña con la misma mezcla de indiferencia y desconfianza.
Y es en ese aspecto, en la relación entre los seres humanos y los animales, donde usted acierta al desmitificarla de algún modo.
Porque allí arriba, en las tierras deshabitadas, apenas había lugar para los sentimientos. Éstos quedaban sepultados bajo las sensaciones. Bajo la intensidad del frío, del hambre, de la ansiedad por llegar a un punto concreto. La dureza del clima hacía de todos nosotros criaturas obtusas. Nos inhabilitaba para los afectos. Y a menudo proyectábamos la ira de manera equivocada. Otras veces una emoción que podía haber sido positiva se desviaba y se convertía en otra cosa. Un principio de cariño hacia los animales se transformaba de repente en envidia hacia ellos, hacia su organismo más preparado, hacia una biología más adaptada al entorno. Entonces los veíamos como rivales, como enemigos a los cuales había que vencer para poder prosperar.
Atardece en San Francisco. Ahora el viento sopla con menos fuerza y un primer jirón de niebla se extiende poco a poco desde el Pacífico. Antes de despedirme del señor London, le pregunto si murió de enfermedad o si se suicidó como dice la leyenda.
No lo recuerdo bien. Sé que durante muchos días calmé mis dolores con morfina. Quizá me excedí en las dosis. A lo mejor imaginé lo que vendría después, una vez curado, y me dio pereza volver a empezar.