Alí y Nino, Kurban Said

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Ignacio Lloret

Publicado el 17/11/2017 a las 09:40

He quedado con el escritor en el puerto de Bakú. Desde aquí zarpaban hace un siglo los vapores que iban al Turkestán y a Persia cruzando el mar Caspio. Nos hemos sentado en un banco que hay junto al muelle. Después de contemplar el agua durante unos minutos, le pido al señor Said que me hable de su novela.

 

Quise escribir una historia de amor entre dos personas nacidas en el Cáucaso, pero que fuesen de origen y religión diferentes. En aquella época convivían en Azerbaiyán musulmanes, cristianos y judíos. Había azeríes como el joven Alí, georgianos como la joven Nino y armenios como Najararyán. Esos tres pueblos, enfrentados hoy en luchas territoriales, hicieron de esta ciudad una de las más animadas de la zona.

Pensé que una relación sentimental, la que imaginé entre Alí y Nino, podía ser la mejor manera de recordar aquel sitio y aquel tiempo. Si en otros casos, en otros libros, el marco histórico y geográfico está al servicio de la pasión amorosa, en el mío me propuse invertir el orden. Me di cuenta de que, a través del vínculo afectivo entre Alí y Nino, de sus huidas y tribulaciones, el lector conocería las vicisitudes que sufrió en los inicios del siglo XX esta pequeña región del mundo. Comprendí que sus alegrías y sus tristezas, sus temores y esperanzas explicarían los episodios de la ocupación rusa, la primera guerra mundial, la llegada de los turcos y la revolución soviética con mayor claridad que cualquier ensayo.

Al principio parece que todo se va a reducir a un conflicto entre confesiones, que el argumento va a girar alrededor de un amor imposible por motivos religiosos. Sin embargo, usted no toma ese camino.

Porque habría sido injusto con la verdad. Entonces eso no suponía ningún impedimento para casarse. Por lo menos, en Bakú. Además, como escritor, buscaba otra cosa. Me interesaba que fuesen otros factores los que complicasen la vida de la joven pareja. Que, una vez convertidos en marido y mujer, tuvieran que enfrentarse a raptos y traiciones de otros hombres, a guerras e invasiones de otros pueblos, a derrotas y retiradas de otros ejércitos. En ese sentido, el periodo escogido en la novela, entre 1914 y 1919, era ideal para crear un escenario donde fueran creíbles las mudanzas de los protagonistas.

Más allá de todos esos avatares, hay un tema que a usted parece preocuparle especialmente, una obsesión que comparte con su personaje principal. Me refiero a la pugna entre Oriente y Occidente.

Un dilema que también se refleja en el hogar y en las costumbres de Alí Kan y Nino Kipiani. En un primer momento, ambos intentan conservar la educación recibida y los hábitos heredados, se abren con reservas a lo ajeno. Desde el desierto, el universo del harén y de los velos, de los eunucos y las oraciones, tira de la georgiana con el fin de anularla como mujer. Ella, por su parte, trata de seducir a su marido no sólo con sus encantos, sino con la promesa de felicidad en una Europa cuyos valores, sin embargo, empiezan a entrar en decadencia.

Es entonces cuando interviene el amor. Cuando el libro regresa por fortuna al principio. Sí, porque ese sentimiento permite a cada amante apartarse a un lado y ver al otro, imaginarlo en otro lugar, en un entorno extraño a su espíritu. Le lleva a rechazar un destino que sería aciago para él. Nino sabe que Alí sería distinto lejos de Bakú; Alí es consciente de que Nino sería desgraciada en una casa donde no entrase la luz de la calle. De modo que ambos transigen y se encuentran a medio camino, en un punto equidistante entre las dos incomprensiones de las que partían. Y como al amor le conviene un contraste que quite algo de gravedad, yo decidí introducir el humor en la relación. Quise que los dos jóvenes bromearan entre sí, y que de esa forma se rieran al mismo tiempo de las tradiciones y de los usos ridículos en que a veces degeneran.

Atardece a orillas del Caspio. Me gustaría aprovechar la confianza que nos ha dado este diálogo para aclarar un asunto relacionado con la novela. Hoy, décadas después de su publicación, aún no se sabe con certeza quién la escribió. Antes de despedirme de Kurban Said, le pregunto si detrás de ese seudónimo estaba Vazir Chamanzaminli, o acaso Essad Bey. El señor Said sonríe y continúa mirando al mar.

 

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