Viajes con Charley, John Steinbeck

Publicado el 06/10/2017 a las 13:21
Estoy con el escritor norteamericano en el porche de su casa de Salinas, California, el lugar donde nació. Es una mañana ventosa de septiembre. Hasta nosotros llega el olor de las fresas que se cosechan estos días en los campos del valle de Monterey. Mientras el señor Steinbeck mira hacia allí, en dirección a la costa del Pacífico, yo le pregunto qué recuerdo le queda de este libro.
Me acuerdo sobre todo de Charley, del perro con el que hice el viaje. En cuanto a lo que escribí sobre él, no estoy muy seguro de lo que pienso. Si entonces, al atravesar en camioneta los Estados Unidos, me di cuenta de que no era fácil atrapar el espíritu del país, conocerlo en profundidad, algo parecido me sucedió más tarde en relación con esta clase de relatos. A menudo uno cree que hay que salir de casa en busca de los acontecimientos, pero no es así. En realidad, cuando uno se mueve de un sitio a otro, le ocurren muy pocas cosas. De modo que, en lo que se refiere a la captura de situaciones, de destinos humanos que después puedan convertirse en historias, los viajes no sirven de mucho.
Pero usted no pretendía inventar sucesos ni personajes, su libro no se proponía competir con las novelas.
Es verdad. Y, sin embargo, al escribirlo, sufrí una decepción parecida a la que tuve en algunas etapas de mi recorrido real. Así como durante éste me había defraudado la dificultad a la hora de contactar con la gente, a la hora de recopilar opiniones con las que formarme una idea global de mis compatriotas, en la escritura posterior me frustró no disponer de un material más literario. No contar con los ingredientes necesarios para conseguir algo interesante en los confines de una obra de no ficción. Y ese contenido no tenía por qué ser un conflicto personal. Ni siquiera algo relacionado con los hombres. Podía tratarse del cambio de un paisaje, de la observación de otros seres vivos o de las sensaciones al contemplar las luces de una ciudad en la distancia. En definitiva, me costó encontrar atisbos poéticos entre el montón de impresiones vulgares que había ido recogiendo a lo largo de mi viaje.
Le entiendo. Supongo que durante el trayecto, lo inmediato, la satisfacción de necesidades elementales acaba imponiéndose a lo demás y haciendo imposible la abstracción artística.
Claro. Y por eso, al volver sobre lo vivido, al evocarlo con visión estética, me sorprendió lo escaso de mi botín. Ya en mi casa de Long Island, sentado delante de la página en blanco, me pregunté cómo abordar aquella pequeña aventura para transformarla en otra cosa. No sólo en un texto entretenido, sino en un libro que, manteniendo el tono testimonial, fuese algo más que la crónica de un viaje.
Pero tampoco me gusta ser negativo. Al fin y al cabo, disfruté escribiéndolo. Años después, cuando volví a leerlo, comprendí que reflejaba muy bien todos esos intentos fallidos que he mencionado antes, mis búsquedas sin hallazgo. Pensé que, considerado de ese modo, el resultado podía ser un documento valioso para los lectores. Para los interesados en mi obra y en la de otros. Sí, porque en Viajes con Charley se aprecia mi deseo de encontrar. Se nota que lo que hay más allá de ese afán no son únicamente las ganas de acumular experiencias vitales, sino la necesidad de adentrarme en nuevos caminos literarios. En ese sentido, creo que también se aprende de lo no logrado.
Sin olvidar que en el libro hay escenas que sí lo son. Me refiero a fragmentos que cabrían en cualquier buen relato. Aquella noche estrellada en Dakota del Norte, algunos diálogos lacónicos en los bares, o cuando usted se perdía al salir de las ciudades.
Y aunque son ocasiones que recuerdo bien, a veces vuelvo a coger el libro para saborearlas mejor. Entonces, gracias al tono de perplejidad, de extrañeza poética con el que están descritos, siento incluso nostalgia hacia momentos que no fueron agradables mientras los vivía.
Empieza a atardecer en Salinas. Ahora el señor Steinbeck se calla y mira otra vez hacia el océano. Yo le pregunto qué fue de Charley, dónde terminó sus días.
Murió pocos años después de aquel viaje. Lo enterré bajo los sauces de mi jardín, en ese sitio tranquilo donde siempre había querido estar.