La campana de cristal, Sylvia Plath

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Ignacio Lloret

Publicado el 25/08/2017 a las 09:55

Me he citado con la poetisa norteamericana en el campus de la Universidad de Cambridge, el lugar donde conoció y se enamoró de Ted Hugues. Es una tarde calurosa de septiembre. Después de pasear un rato por los alrededores, nos hemos sentado en una extensión de hierba que hay junto a la biblioteca.

 

Es difícil hablar de un libro que ya está escrito. Por muy satisfecho que se sienta el autor con el resultado, parece superfluo cualquier comentario a posteriori, cualquier intento de mejorarlo conversando sobre él. He aceptado la entrevista y, sin embargo, soy consciente de que a medida que vaya respondiendo a sus preguntas, tocando de esa forma aspectos de mi novela, iré alejándome de su esencia, perdiendo el rastro de todo lo que me llevó a escribirla.

Permítame empezar por el lenguaje. Me gusta mucho el tono, esa voz peculiar que narra los sucesos a partir de la sorpresa que le provocan, de la incapacidad de la protagonista para asimilarlos.

Me limité a trasladar al papel mis propios pensamientos, a reproducir el modo en que veía entonces el mundo. Quizá por eso haya un exceso de comparaciones en el texto. Yo quería expresar lo que adivinaba más allá de las cosas. No podía evitar descubrir dos realidades al mismo tiempo. Dos espacios, dos personas, dos vestidos, dos peinados extraños en la noche. Así que la historia es un intento por mi parte de convertir todo eso en algo legible. Uno de los logros del libro es el conjunto de imágenes que crea mi personaje, ese segundo universo que comparece una y otra vez en su cabeza y que apenas le deja descansar.

Y, claro, ocurre que, viendo los objetos distorsionados, duplicados, también se difuminan las escenas ante los ojos de Esther. Cada situación que presencia es como un montaje aparatoso, un espectáculo diferente. Ella desea intervenir en él, no se conforma con observarlo, pero cada vez que se dispone a participar, sale expulsada igual que un órgano rechazado después de un trasplante.

Supongo que ésa fue su manera de ir construyendo literariamente el trastorno mental de la señorita Greenwood.

Por medio de un torbellino. A través de un mareo vertiginoso que va creciendo en su interior. Porque todo ese carrusel de fiestas, hombres, mujeres, calles, planes, habitaciones y accesorios sin importancia termina dando más vueltas de las necesarias. Entonces, al final de esa estancia en Nueva York, cuando regresa a su ciudad y se reencuentra con su madre, el personaje sufre una crisis de ansiedad que da lugar a la segunda parte de la novela.

Se refiere al paso de Esther por los distintos sanatorios?

Sí. Y para ello recurrí a mi temporada en el hospital McClean, a mi experiencia personal en uno de esos centros psiquiátricos. En un esfuerzo que no me resultó grato, recordé el sitio, los tratamientos a los que me habían sometido y a las personas que había conocido allí. Y si el ejercicio de la memoria había sido amargo, luego llegó la recompensa. Mezclé los datos y las imágenes, confundí todo eso en mi cabeza, y de la confusión surgió algo nuevo, un relato verosímil. Pero lo mejor no fue eso. Lo bueno era que lo que nacía entonces ya no tenía nada que ver conmigo ni con mi vida, sino con la señorita Greenwood. Así que yo me salvaba de esa manera. No sólo curaba a Esther en el libro, sino que me curaba a mí misma escribiéndolo.

Es inevitable mencionar a Buddy Willard, ese compañero de la universidad en el que no deja de pensar nunca la protagonista.

Lo usé como una especie de estribillo para la novela. Cada varias páginas, hay una remisión a él. Después de cada nueva vivencia, Esther cita al estudiante de medicina, lo invoca en sus pensamientos. De ese modo, el libro consigue un ritmo particular, se convierte en una canción que vuelve una y otra vez a ese otro personaje, en una melodía construida a partir de su nombre.

Ahora llega hasta nosotros una ligera brisa desde el Cam, desde ese arroyo tranquilo que atraviesa el campus. La señora Plath se ha quedado callada. De repente, empieza a arrancar trozos de césped con las dos manos. Entonces yo la miro a los ojos y, recordando la forma en que murió, le pregunto por qué.

 

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