El extranjero, Albert Camus

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Ignacio Lloret

Publicado el 17/08/2017 a las 11:02

Me he desplazado hasta la curva de la carretera donde se estrelló el escritor francés el 4 de enero de 1960. He querido hacerlo en invierno para imaginar mejor cómo fue aquel día. Ahora estamos los dos sentados en la cuneta. Yo aprovecho las pausas entre los coches para preguntarle por el libro con el que se dio a conocer.

 

Quise crear una nueva clase de personaje. Un ser distinto. Alguien que no hubiese existido antes en la literatura. Alguien tan genuino y sincero, tan despojado de hipocresías, que acabase molestando a los demás. Meursault encarna al hombre en estado puro, pertenece a una era anterior a la de los individuos que le rodean. Su manera de comportarse no está contaminada por las emociones, por la degeneración que sufren éstas en un entorno social, y eso le hace diferente y peligroso al mismo tiempo.

Usted le retrata en un momento de la novela. En ese pasaje, el protagonista define su naturaleza como la de alguien en quien las necesidades físicas se imponen o prevalecen sobre los sentimientos.

Sí, y ahora creo que ese comentario sobra. Al lector no le hace falta esa especie de declaración. Por un lado, no encaja con el temperamento de Meursault el hecho de describirse a sí mismo. Por otro, a través de sus acciones y breves pensamientos ya sabemos cómo es él.

No recuerdo por qué no suprimí esa frase. Quizá me hacía falta afianzar de algún modo el carácter de mi personaje. Es posible que me viniese bien anotarla como pauta para terminar de perfilarlo. A veces ocurre que al propio autor se le va escapando la imagen de sus criaturas, va perdiendo de vista los rasgos personales que necesita más tarde para construir el argumento y escribir el desenlace. En todo caso, yo debería haber corregido ese fragmento una vez acabado el libro.

Su novela es un ejemplo de contención. No hay explicaciones superfluas ni descripciones prolijas. No obstante, a ratos esa narración tan escueta llega a hacerse algo monótona.

Puede ser. Yo me propuse seguir a Meursault en sus movimientos cotidianos. Que el texto se limitase a una serie de pequeñas acciones. No sólo para conseguir un relato claro y sencillo, sino para transmitir al lector lo más directamente posible lo que experimenta en cada momento el personaje. Quería que quien leyese mi libro participase de lo que nota aquél al andar por la arena, al beber vino, al tomar el sol, al abrazar a Marie, al acariciar sus pechos en el agua. Porque, en definitiva, eso es lo único importante para el protagonista. Su bienestar estriba en todos esos breves instantes, en ese conjunto de sensaciones corrientes. Y, tal como comentábamos antes, esas sensaciones se producen en él de manera tan intensa que no dejan espacio a los sentimientos.

Usted emplea también a Meursault como catalizador de las ansiedades, frustraciones, obsesiones y convicciones de los demás. A través de la narración en primera persona, el lector conoce las miserias de todos ellos.

Me interesaba contar de esa forma hasta qué punto el juez, el fiscal, el sacerdote, el director del asilo, practican un proselitismo inopinado con el protagonista. En qué medida le abruman con su puñado de creencias, confesiones y prejuicios. Con qué insolencia se apartan de lo objetivo, del asunto en cuestión, para intentar llevar a Meursault a sus huertos particulares. Con qué descaro y agresividad tratan de salvarlo. Cómo convierten en un escándalo el hecho de que no comulgue con sus ideas. Quizá por eso, lo que condena a muerte al personaje no es su crimen, sino su indolencia, su inmunidad frente a toda esa constelación de emociones venenosas vertidas sobre él.

Atardece en Villeblevin. Ahora el señor Camus mira una y otra vez hacia el punto donde sufrió el accidente. Continúa perplejo muchos años después. Yo me levanto de la cuneta y, antes de decirle adiós, le pregunto cómo era en realidad la relación entre Meursault y su madre.

Se querían sin necesidad de alardear de ello. Cuando vivían juntos en Argel, se sentaban en el balcón y observaban a los peatones. Se quedaban mucho tiempo en silencio, ensordecidos por el ruido provocado por tantos estados de ánimo diferentes estrellándose entre sí.

 

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com

 

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