Bajo los robles navarros, Félix Urabayen

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Ignacio Lloret

Publicado el 07/07/2017 a las 11:32

Estoy con el escritor en Ulzurrun, el pueblo donde nació. Hemos subido a uno de los montes que lo rodean y nos hemos sentado a contemplar el valle. Es una mañana fresca del mes de julio. Desde aquí se ve la carretera de Pamplona y una de las curvas del río que serpentea hacia el sur.

 

BAJO LOS ROBLES NAVARROS

No quise morirme sin terminar la novela. Viví más tiempo gracias a ella. La evocación del paisaje navarro, de las costumbres y gastronomía del lugar, me dieron un suplemento de salud que no habría disfrutado en otras circunstancias. En plena posguerra, recordar la abundancia que había conocido en mi juventud me resultó a la vez duro y placentero. No sé si uno puede alimentarse físicamente de imágenes, pero yo gané algo de peso con las que tuve entonces.

Es curioso que usted empiece por los árboles, que el libro arranque con esos capítulos dedicados a ellos.

Quizá porque la mayoría estaba antes y seguirá allí mucho después de que hayamos muerto todos nosotros. No quería sólo mencionarlos o describirlos, sino convertirlos en un elemento esencial del relato. No son únicamente una parte del entorno, sino también un conjunto de personajes tímidos que rodean a los hombres, que ponen un murmullo de fondo cuando éstos se callan. Tanto en las caminatas de Eraso, el tabernero, como en las escenas finales donde se producen los encuentros secretos entre Larumbe, el molinero, y Juana Mari, el bosque juega un papel importante. En definitiva, los hechos, cotidianos o excepcionales, serían distintos si no sucedieran en las profundidades de ese espacio natural.

Sin embargo, el libro no despega del todo hasta que no se desatan los conflictos personales.

Es verdad. He ahí una lección literaria. Por muy hermosa que sea una descripción, por muy atinadas que resulten ciertas observaciones sobre hábitos o sobre los individuos que los practican, siempre necesitamos una historia. Y lo curioso es que ésta casi siempre acaba naciendo a partir de los mismos ingredientes. De las mismas pulsiones. De ese puñado de afanes y sentimientos que comparten los seres humanos. Al final, terminasurgiendo el amor, el anhelo de riqueza, la confluencia de intereses, los acuerdos tomados en detrimento de los afectos.

En el caso de mi novela, tiene que aparecer un indiano para que Juana Mari renuncie a quien hace temblar su corazón y tome una decisión inesperada. Tiene que morir su marido para que ella herede bajo ciertas condiciones. Tiene que existir una familia mezquina haciendo valer sus derechos. Debe haber un hombre de honor que también relegue lo que siente en beneficio de lo que considera su obligación. Tiene que llegar una guerra para que las cosas se compliquen. Tiene que haber muertes para que la vida recobre su sentido.

A lo largo de la narración, usted combina distintos tiempos verbales. Cambia de pasado a presente a propósito.

Y de esa manera detengo el tiempo cuando me conviene. No sólo el tiempo, sino el flujo de los acontecimientos. Consigo que las situaciones sean eternas por un instante. Que sea eterna la felicidad efímera de Don Apolonio. Que sea eterna la contemplación melancólica de Larumbe. Que se le haga eterno el día a Juana Mari. Sí, porque en el momento en que todo empieza a resultar demasiado largo para los personajes,brota el aburrimiento y éste busca desesperadamente un desenlace. Entonces el autor reacciona a la llamada de su propio libro, vuelve a las formas del pretérito y hace que el mecanismo de los sucesos se ponga en marcha otra vez.

Ha empezado a soplar el viento y ahora se acercan las nubes desde las estribaciones de Ollo. Yo sé que aquí una misma jornada puede albergar climas diferentes. Antes de que llegue la lluvia y nos sorprenda sin cobijo, me dirijo de nuevo al señor Urabayen y le pregunto qué fue de Eraso, el tabernero de Aritzondía.

Lloró a su sobrina durante meses, pero después lo superó y continuó viviendo. En invierno veía nevar desde la cama y en verano se echaba al monte cual animal salvaje. Cuentan que una noche de agosto conoció a una pastora de la sierra de Urbasa y se la llevó a su pueblo como un botín de tiempos de paz.

 

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