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Estación de libros
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Un niño, Thomas Bernhard

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Un niño, Thomas Bernhard
Actualizada 14/04/2017 a las 10:07

Estoy con el escritor austriaco en Traunstein, a orillas del Chiemsee, un lago del sur de Baviera. Es una mañana soleada de finales de abril. Bernhard pasó parte de su infancia en esta región prealpina. Le gusta regresar aquí por el paisaje, pero también porque todo lo que ve desde el banco donde conversamos le recuerda a su abuelo materno, una persona muy querida para él.

 

 

Al principio se mostraba suspicaz respecto de Alemania y los alemanes. Luego ya no. Luego, ya instalado en Ettendorf, una aldea de las afueras de Traunstein, se encontró con un horizonte más despejado de montañas, menos asfixiante que en Austria, y volvió a sentirse a gusto. En cuanto a mí, tenerlo tan cerca de casa fue una de las pocas razones que se me ocurrían entonces para seguir viviendo.

Sí, usted tuvo una infancia difícil. Su libro trata de eso, del modo tan aparatoso y atropellado en que atraviesa uno esa edad.

Pero es verdad que en mi caso se dieron circunstancias especiales. Yo era un hijo ilegítimo, criado por una madre amargada y un padrastro a quien nadie valoraba demasiado. La crisis económica de los años treinta y más tarde la guerra acabaron de complicar las cosas. No era fácil hallar resquicios de luz entre tanta oscuridad.

Antes que los hechos en sí, me interesa el lenguaje con que usted los cuenta. Hay un despojamiento sin concesiones. Hay una manera de narrar las tribulaciones del niño que impide cualquier autoengaño, que lo excluye desde el inicio. Me gusta ese tono negativo porque hace mucho más bellos los momentos felices.

Y supongo que mi estilo resulta aquí más llamativo, más evidente en su crudezaal ser utilizadopara escribir sobre la infancia. En otros libros como Paul Wittgenstein o Los premios, reviso episodios de mi vida de adulto más o menos distorsionados por la ficción, y por eso la desesperanza en el modo de narrar es menos escandalosa. En este primer volumen de mi autobiografía, en cambio, el contraste entre la forma y el contenido hace que el impacto en el lector sea mayor.

No concibo lo literario de otra manera. No me imagino perdiendo el tiempo con otra clase de escritura. No cuando se trata de mi propio pasado. Ya hay suficiente desfase entre lo vivido y lo recordado como para que después insista uno en continuar fingiendo.

Sin embargo, no deja de haber cierto artificio en el conjunto. Lo digo en un sentido positivo. Me refiero a que usted no abandona su estilo en ningún momento. No lo aparta a un lado para contarnos cómo era de niño. Lo emplea en este libro consciente de que ya había funcionado antes en otros. Sabiendo que ya había demostrado su capacidad emocionante.

Puede ser. O quizá me plantease un reto literario sin admitirlo del todo. Sin reconocerlo ante mí mismo. A lo mejor me interesaba comprobar qué ocurría cuando, ya consagrado como dramaturgo y como novelista, dirigía la mirada hacia mis primeros años. Y dirigir la mirada no consistía sólo en hacer memoria y redactar los frutos de ese esfuerzo, sino en someter el asunto al rodillo demoledor de mi relato.

Claro que también había una curiosidad natural. Las ganas de conocer cosas de mí que no podía averiguar de otra manera. Por una parte, quería saber si me caía bien aquel chaval angustiado y sufriente. No si simpatizaba con él en abstracto, más allá de la escritura, antes o después de ésta, sino si, sumido en la labor, escribiendo sobre esa persona, conseguía ponerme de su lado. Y es que no podía descartarse el hecho de que, volcado literariamente sobre el niño que yo había sido, desarrollase un desprecio hacia él parecido al que ya había despertado a veces en otros.

Se ha levantado una brisa fría en el lago. Aún estamos a principios de primavera y eso se nota precisamente a esta hora. Dentro de poco, cuando oscurezca, la luna iluminará la cordillera de los Alpes y su silueta será un confín donde posar la vista. Antes de decir adiós al señor Bernhard, le pregunto si su abuelo terminó aquel libro de mil páginas en el que trabajaba cuando él era pequeño.

No, lo acabé yo. Lo publiqué con su nombre y desde entonces descansamos juntos en ese lugar.

 

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