El Sur, Adelaida García Morales

Publicado el 24/03/2017 a las 18:05
Estoy con Adelaida García Morales en el restaurante Echaurren de Ezcaray. Aquí se filmaron algunas escenas de la película basada en su libro. Cuando he llegado, la escritora me esperaba sentada en una de las mesas que hay junto a la ventana, igual que el protagonista de su historia. Ahora la luz de invierno sigue entrando de forma tibia a través del cristal. Ilumina la estancia sin molestarnos mientras hablamos.
Sí, quizá la película eclipsó un poco al libro, pero al mismo tiempo muchos lectores lo descubrieron gracias a ella. Víctor Erice supo captar la atmósfera del relato, y eso es algo difícil de conseguir en cine. Incluso dio al personaje del padre un aire de misterio más intenso que el que logré yo al crearlo. En todo caso, el texto continúa gustándome tanto como entonces.
Sorprende especialmente el lenguaje sencillo y conmovedor. No es fácil hallar un texto así en la prosa española de la época.
La historia está narrada por una muchacha, desde su perspectiva y con sus palabras. Eso me permitió encontrar el tono adecuado desde el principio. También ayudó el propio argumento. Me refiero a que la misma trama, el descubrimiento paulatino de la vida y la personalidad de Rafael por parte de su hija, me obligaban a introducir un fondo de humildad en la narración. Adriana va conociendo poco a poco a su padre, y eso la lleva a contar las cosas con una mezcla de devoción y asombro. Pisa en todo momento un terreno extraño y, al hacerlo, no le queda más remedio que adentrarse en él con cautela.
La desmitificación de la figura del padre se produce de forma paralela al crecimiento de la narradora, a su transformación en mujer. La imagen idealizada de las primeras páginas acaba desmoronándose con el tiempo.
Pero, por otro lado, Adriana es una persona adulta al final del relato y eso le permite comprender a Rafael. Aunque no le perdona del todo, su mejor conocimiento del mundo y de la naturaleza humana la capacitan para entender el conflicto de sentimientos que sufrió.
Aquí descansa una idea que tiene que ver con nosotros, con la vida en general. Y es que el aprendizaje va acompañado casi siempre de cierta decepción. A menudo las cosas sólo conservan su misterio cuando no las conocemos. Cuando no las desvelamos del todo. Son mágicas mientras las ignoramos. Antes que su esencia, nos atrae el enigma que las envuelve. Esto es igualmente válido para las personas. Las limitaciones naturales que impone la infancia, que son inherentes a ella, hacen que los niños vean a los mayores como a seres inmensos. Esa visión se proyecta en primera instancia hacia quienes tienen más cerca, hacia los padres. Así que el paso de los años, lo que llamamos pérdida de la inocencia, supone inevitablemente el fin del idilio. No el idilio con la persona en sí, sino con la imagen que esa persona despertaba en nuestro corazón.
Y no cree que en la decepción de Adriana anida la sospecha de que la historia volverá a repetirse, es decir, que también a ella la confundirá el amor?
Quizá. No en vano, la chica empieza a experimentarlo en su relación con Miguel, el hijo que su padre tuvo con Gloria Valle. Mas allá de que el relato termine ahí, está claro que ni ese vinculo ni el sentimiento sobre el que se apoya podrían prosperar. Sin embargo, todo eso constituye ya un primer aviso, el conato de experiencias que se repetirán en la vida de Adriana como en la de cualquiera de nosotros. En definitiva, en el reproche global que ella le hace a Rafael se mezcla asimismo su indignación al constatar cómo los seres humanos no saben ser de otra manera.
Está anocheciendo en Ezcaray. Dentro de poco, el servicio dispondrá las mesas del comedor para la cena. Entonces será la hora de marcharse. Antes de eso, quiero preguntarle a Adelaida algo más.
Entendiendo por Sur el pasado que no regresa, la pasión, el amor intenso y correspondido, cree que es posible vivir ahí?
Creo que lo ideal en la vida de los hombres sería pasar por ese lugar alguna vez.
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