50. El pequeño príncipe, Antoine de Saint Exupéry

Publicado el 24/02/2017 a las 11:57
Disfruto siempre que lo leo, me gusta volver de vez en cuando a él. Creo que reúne muchas de las cosas que hemos comentado aquí. En pocas páginas aparece esa figura tan literaria del aviador, la descripción de un paisaje sencillo como el desierto o un tono parecido al de los relatos de Sebald. Igual que el autor alemán, Saint Exupéry recurre a elementos gráficos, a dibujos de animales y plantas que desvían la atención del lector, que detienen el tiempo creando un efecto melancólico.
También aprecio mucho los diálogos que mantienen los dos protagonistas a lo largo del texto. El pequeño príncipe no se cansa nunca de preguntar, necesita respuestas que le calmen. Quizá sea en eso en lo que más se nos parece. Se parece a nosotros porque quiere saber, pero sobre todo porque se queda callado con las cuestiones de los demás, porque le dejan perplejo como a nosotros.
Y luego están esos personajes tan entrañables. La circunstancia de que habiten en solitario planetas diminutos, de que no sean muy conscientes de su situación, hace que los amemos a pesar de sus limitaciones. Por mucho que presuman de sí mismos, de ser importantes o estar siempre atareados, desean que les visite alguien, alguien que les hable y les comprenda. Nos da pena verles así, y cada vez que el pequeño príncipe se despide de ellos, querríamos pedirle que no se marchara, que no les dejase solos toda la eternidad.
Lector: Crees que es fácil identificarse con un piloto que se extravía?
Creo que, igual que a él, nos gustaría tener la posibilidad de parar, de detenernos a veces. Creo que nos gustaría hacerlo en un lugar tranquilo, y que apareciese alguien como su interlocutor, alguien con quien conversar. No sé de qué temas acabaríamos hablando, pero sería muy útil que esa persona nos diera la oportunidad de pensar, de mirar y de escuchar, de modo que al final del diálogo viésemos las mismas cosas de otra manera, con algo parecido a la esperanza.
Hace unos días, leyendo los capítulos de El pequeño príncipe donde se menciona al cordero, me acordé de las ovejas que hay cerca de casa. Pensé que, ya que me conocían y se habían acostumbrado a mí, yo podía ofrecer al pueblo mis servicios de pastor. En lugar de sacar los perros a pasear como en otras ocasiones, podría aprender ese oficio y ocuparme del rebaño en mi tiempo libre. Pondría un nombre a cada oveja y las llamaría desde entonces con él. Las tardes de sol las subiría a los prados para que pastaran sin prisa, y me quedaría leyendo hasta que oscureciese.