48. El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez

Publicado el 10/02/2017 a las 10:01
El que aún siente Florentino Ariza por Fermina Daza cincuenta años después de haberla visto por primera vez. Pero también ese otro estado de ánimo, sereno y respirable, que permite a Fermina vivir todo ese tiempo junto a otro hombre, Juvenal Urbino. Y he ahí, detrás de ambos, dos maneras distintas de conquistar a la misma mujer. Por un lado, la del enamorado que compone poemas románticos y toca el violín debajo de su balcón. Por otro, la del caballero que la recoge en su carruaje y le arrebata un guante tras llevarla a casa sana y salva.
Cuando García Márquez publicó este libro, se le reprochó haber escrito una novela comercial. Es verdad que tiene aires de folletín y, sin embargo, su lenguaje lírico y melódico la convierte en una balada magnífica que no necesita adentrarse en ningún conflicto. Al autor no le interesa ahondar en psicologías ni temperamentos. No quiere diseccionar el alma ni poner en evidencia las contradicciones de los personajes, sino dejar que se muevan y actúen conforme a sus impulsos sensuales. No le importa que a veces les falte profundidad, pues sabe que la ligereza de lo que cuenta encaja bien con el estilo poético en que lo hace. En el fondo, a Gabo no le preocupa la letra, sino la música de su canción.
Lector: Crees que hace falta una banda sonora, una tonadilla especial para que el amor soporte el tiempo y funcione en literatura?
Pero en el sentido de obstáculo, de algo que haga de él una relación prohibida o mal vista por los demás. Si en el caso de Florentino y Fermina es la separación de medio siglo provocada por el matrimonio de ella con el doctor Urbino lo que les une para siempre, en otros es la contravención de alguna regla social lo que mantiene la llama encendida. Y esa ruptura de la norma tiene que conllevar un puñado de dificultades, un tinglado de trabas que los amantes deban sortear cada vez que quieran verse. Entonces es cuando la cosa prospera, pues cada cita se convierte en una serenata nocturna interrumpida por el toque de queda, en una declaración de amor cuyo aplazamiento preserva intacto el amor.
Aquella tarde de otoño en Barcelona, el día en que seguí al señor Beltrán, me encontré de repente en su piso. La mujer que me había abierto la puerta me condujo después a una sala grande iluminada por una lámpara de tulipa. Afuera ya había anochecido, pero en la acera se distinguía el resplandor de las farolas. Mientras ella iba a avisar al profesor, yo no necesité hacer memoria, porque ya sabía quién era. Aunque no había vuelto a verla, reconocí a mi compañera del colegio, pues su voz y su forma de andar no habían cambiado en treinta años.
Al cabo de unos minutos, aparecieron los dos en el salón y me ofrecieron asiento. Ellos también se sentaron, pero no llegaron a apoyarse en el respaldo. Yo me presenté otra vez y me disculpé por la hora. Les conté que había reconocido al señor Beltrán en la calle y cómo mis pasos me habían llevado hasta su casa. Les conté que había dudado en subir, que luego lo había pensado mejor y había decidido hacerlo.
Recuerdo que me callé unos segundos y miré hacia las ventanas. Quizá necesitaba escucharles antes de seguir, acostumbrarme de nuevo a su manera de expresarse. Sin embargo, no contestaron nada, así que me dirigí a ellos como al principio.
Les dije que había querido visitarles muchas veces, pero que no había encontrado nunca la ocasión. Que, a pesar de que había pasado mucho tiempo, en algunos sitios de la ciudad todavía se comentaba lo ocurrido, aún se contaba la historia del profesor al que expulsaron del colegio por liarse con una alumna de bachillerato
Lector: Un momento. O sea que tú ya sabías que continuaban juntos, que vivían allí. Pero, entonces, por qué tanta urgencia en verles de repente?